“Si el chiquito no hace la prueba, nunca aprenderá”
San Juan Bosco, enero 31
Por: P. Felipe Carranza Orozco, SDB*
El 31 de enero celebramos la fiesta de San Juan Bosco, el amigo de los niños y de los jóvenes, el santo educador. Don Bosco, recibió de Dios muchas virtudes, sin embargo hay una que brilla sobre las demás y es que él “sabía ganarse el corazón de los muchachos”, con una sola intención: llevarlos a Dios para salvar su alma. Podríamos decir que el motor que movió su vida pastoral y sacerdotal fue: “Dame las almas; llévate lo demás” (”Da mihi animas; caetera tolle”).
He aquí un ejemplo de su maravilloso talento para hacerse amigo de los jóvenes:
En una ocasión entró Don Bosco a una barbería de Turín para afeitarse. Se encontró allí con un aprendiz y, según su costumbre, le dirigió enseguida la palabra para ganárselo como amigo y para invitarlo a su Oratorio festivo.
-¿Cómo te llamas, amigo?
-Me llamo Carlitos Gastini.
-¿Viven tus padres todavía?
-Solamente mi madre.
-¿Cuántos años tienes?
-Once.
-¿Has hecho ya la Primera Comunión?
-Todavía no.
-Muy bien, muchacho, muy bien. Ahora quiero que me afeites tú.
-Por favor -dijo entonces el dueño-, no se exponga, señor Teólogo, porque este muchacho hace muy poco tiempo que aprende y no es capaz de afeitar la barba a un chivo.
-No importa, señor -respondió Don Bosco-: si el chiquito no hace la prueba, nunca aprenderá.
-Discúlpeme, reverendo; si es preciso hará la prueba en la cara de otro, pero no en la de un sacerdote.
-¡Vaya! ¿Es que mi cara vale más que la de otro? No se preocupe, señor barbero, que no pasará nada.
Y el barberillo se puso manos a la obra. No hace falta añadir que, bajo sus manos inexpertas y temblorosas, al pobre Don Bosco le tocó reír y llorar a un mismo tiempo; pero le dejó hacer esa intrepidez. Cuando acabó, le dijo:
-Lo has hecho bastante bien, bastante bien; dentro de poco serás un famoso barbero.
Se entretuvo todavía unos minutos con él y le invitó a ir al Oratorio el domingo siguiente; pagó al dueño y se marchó, palpándose por el camino de vez en cuando la cara, que le ardía, satisfecho sin embargo, de haberse ganado la amistad de un nuevo muchacho.
Carlitos al domingo siguiente fue al Oratorio. Don Bosco le hizo jugar con los compañeros y tomar parte en las funciones religiosas. Al terminar éstas, el buen sacerdote lo retuvo un momento, susurró a su oído una de aquellas palabras que ganan los corazones, lo llevó a la sacristía, le preparó convenientemente y le confesó. Fue tal la alegría del chico en aquel momento, que se echó a llorar desconsoladamente hasta arrancar también las lágrimas a Don Bosco. A partir de aquel día se convirtió el Oratorio en su lugar predilecto.
Al morir su madre, Carlitos Gastini fue recibido por Don Bosco en el Oratorio, donde pasó los mejores años de su vida. Le guardó siempre un cariño entrañable a Don Bosco y lo quiso como se quiere a un padre.
El camino de la caridad, la bondad y la amabilidad era el secreto del santo para abrir los corazones de los muchachos y llevarlos a Dios.
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