¡TU LUZ, SEÑOR, NOS HACE VER LA LUZ!
En este décimo domingo del tiempo ordinario escuchamos en el evangelio según San Marcos cómo Jesús continúa anunciando el Reino de Dios por la región norteña de Galilea.
Consideremos que Jesús, a semejanza de los profetas del pueblo de Israel, le tocó experimentar vicisitudes muy diversas y dispares entre sí; cuántos lo aclamaban y lo seguían, pero cuántos otros se opusieron a su predicación y proyecto. Jesús mismo afirmó que nadie es profeta en su tierra. De hecho se nos relata que sus familiares pensaban que estaba fuera de sí. Pero las cosas van más allá cuando salen a escena los escribas llegados de Jerusalén que lo acusan de estar poseído por un demonio y de actuar movido por él. Fácilmente Jesús pone en evidencia la falsedad de la acusación de sus opositores advirtiéndoles la gravedad y consecuencia de sus acciones cuando les dijo: “Les aseguro que a los hombres se les pueden perdonar todos los pecados y las blasfemias que pronuncien. Pero el que blasfeme contra el Espíritu jamás tendrá perdón; será culpable para siempre” (Mc 3,28-29).
Muy diversas son las interpretaciones que a lo largo de la historia de la Iglesia se han dado a este pasaje y que, francamente, los especialistas en Teología y Sagradas Escrituras no se ponen de acuerdo. Lo que de principio podemos decir, partiendo de la sabiduría popular, es que “no hay peor ciego que aquél que no quiere ver”, es decir, de aquél que no acepta su error o su pecado, que se cierra al amor de Dios. Qué importante y benéfico sería para nosotros comprometernos en orar por la conversión de los pecadores, por aquellos que estamos o están ofuscados por su pecado y van por la vida “de espaldas a su felicidad y salvación”.
Que la luz de su Palabra y de su Espíritu nos siga iluminando y ayude a comprender su voluntad y a ponerla en práctica. Amén
Presbitero Irineo Beltran
Arquidiócesis de Chihuahua








