La Torre de Babel en el siglo XXI


utopia 21En el libro del Génesis encontramos historias muy elocuentes y provechosas para la vida. Una de ellas es la Torre de Babel. Nos relata que el mundo entero hablaba la misma lengua con las mismas palabras. Los hombres decidieron construir una torre que llegaría al cielo y el Señor confundió sus lenguas para que no se entendieran en sus planes soberbios.
La torre no se concluyó. Nos imaginamos que cuando un obrero pedía el martillo, el otro le pasaba un clavo porque no se entendían. Su lenguaje era confuso.

La plaga de la incomprensión que azotó a los constructores soberbios se repite en nuestro tiempo. Hoy existe una confusión comunicativa por el uso equívoco de varias palabras que viene, ya no de Dios, sino de los mismos hombres.

Es el problema de la ambigüedad de los términos con que se proponen varias leyes o derechos que amenazan valores fundamentales de la persona humana.

En parlamentos y foros mundiales existen numerosas expresiones que ocultan su contenido verdadero para ser utilizadas, después, en ámbitos políticos desconociendo su genuino alcance.

La enumeración de algunas expresiones y conceptos, en campo ético, manifiesta el problema de la manipulación lingüística.

El primer vocablo corresponde al aborto siendo uno de los más debatidos y conflictivos por las verdades que encierra. Así el aborto viene revestido con distintos nombres, como: “el derecho a la libre elección del embarazo”, “derecho a la interrupción del embarazo”, “derecho a disponer del propio cuerpo” y “derecho a la libre maternidad”, entre otros. Esta sinfonía de palabras pretende, en realidad, esconder la situación de la muerte del no nacido. 

Expresiones de este tipo producen un efecto anestésico que evita un rechazo casi intuitivo de las prácticas abortivas.
Continuando la lista, pasamos a la “píldora del día después” como la denominación perfecta para expresar un producto potencialmente abortivo. También las clínicas pro-aborto se hacen llamar “centros de salud reproductiva”.

La expresión de “sexo seguro”, en oposición a la pureza, contiene todo el mundo de los anticonceptivos que incita a las relaciones prematrimoniales desterrando todo valor de responsabilidad lo que resulta totalmente contrario al amor de donación.

El concepto de “discriminación” provoca una reacción simpática. Entonces en nombre de la “no-discriminación” se presentan proyectos parlamentarios para las uniones de hecho, de homosexuales y lesbianas hasta con la posibilidad de adopción.

A este punto se podrían formular frases que no dicen lo que realmente se debe entender. Por ejemplo: es necesario fomentar los “centros de salud reproductiva” para defender “el derecho a la libre maternidad” y promover la “no-discriminación” femenina. Como en la Torre de Babel, las palabras crean confusión y se hace imposible construir una cultura del amor.

La tempestad conceptual arrecia y en medio de la lluvia se ve el engaño sistemático de querer ver lo malo como bueno.

Dentro de las causas principales de esta ambigüedad conceptual se halla, en el fondo, una visión antropológica de carácter utilitarista que determina al hombre en categorías de placer (cálculo de placer y dolor) y utilidad (cálculo de intereses y preferencias). Desde esta perspectiva el criterio de juicio para actuar es un concepto subjetivo y más bien hedonista de “felicidad”. Es bueno lo que produce más cantidad de felicidad (como satisfacción de los propios deseos e intereses) o menos cantidad de mal (entendido como dolor).

Como consecuencia lógica está la desorientación de la conciencia en los hombres que conduce, primero a dudas, en torno a temas bioéticos y después a errores en la toma de decisiones que marcan profundamente la vida del ser humano.

El recordado Papa Juan Pablo II insistía en la urgencia de construir “la Civilización del amor” como opuesta a la “cultura de la muerte”. En la realización conjunta de esta obra arquitectónica, a diferencia de la “Torre de Babel”, es necesaria la claridad y exactitud a la hora de promover leyes o derechos ya que estos deben estar dirigidos a salvaguardar la dignidad de la persona humana.

Fuente: Catholic.net

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