Los Tarahumaras, los Pimas, Los Tepehuanes y los Guarojíos están en el corazón religioso de nuestra Iglesia de la Arquidiócesis de Chihuahua


arzobispoLOS  TARAHUMARAS,  LOS  PIMAS,  LOS  TEPEHUANES  Y  LOS  GUAROJÍOS  ESTÁN  EN  EL  CORAZÓN  RELIGIOSO  DE  NUESTRA  IGLESIA  DE  LA  ARQUIDIÓCESIS  DE  CHIHUAHUA

Es una bendición para la Iglesia de la Arquidiócesis de Chihuahua la presencia, la vida y la pertenencia de los Tarahumaras, los Pimas, los Tepehuanes y los Guarojíos, y que todos habitemos y convivamos realmente como una sola familia, que es la Iglesia.

Hermanos Tarahumaras, Pimas, Tepehuanes y Guarojíos quiero acercarme a Ustedes, de manera especial, para hacerles sentir mi admiración por su cultura y mas que todo por su profundo corazón religioso que enriquece a nuestra Arquidiócesis. Quiero decirles que son un verdadero tesoro para nuestra Iglesia.

La Arquidiócesis de Chihuahua cuenta con una Parroquia Personal, que tiene por Patrono a San José, para la atención pastoral, cercana y personal, de ustedes Hermanos nuestros Indígenas de estas comunidades; teniendo como su Párroco al Padre Fernando Legarreta Huerta.

 En todos los pueblos hay elementos muy preciosos que conducen al Dios verdadero y preparan al Evangelio (Redemptor Hominis, 12). La semilla de la Palabra de Dios innata en todo género humano, atraviesa de un lado a otro la tradición y la sabiduría de los pueblos indígenas y los ha preparado a aceptar más profundamente el anuncio del Evangelio (Orígenes, 12,2).

 El Concilio Vaticano II nos dice: “todo lo que hay de bueno y de verdadero en los pueblos, la Iglesia lo considera y estima como preparación al Evangelio, dado por Dios, que ilumina a todo hombre para que tenga vida” (Lumen Gentium, 16). El llamado que el Espíritu Santo hace a todos para que abracen la fe, comienza con las semillas de la Palabra y se completa con la predicación del Evangelio. El Papa Juan Pablo II les decía a los Aborígenes en Australia: “Es maravilloso ver cómo la gente, cuando acepta el Espíritu de Jesús, encuentra puntos de armonía entre sus propias tradiciones y las de Jesús en su pueblo. Algunas historias de sus leyendas… no se diferencian mucho de algunas de las grandes lecciones inspiradas y que nos han sido transmitidas por aquellos entre los que nació Jesús”. Todo esto lo considera la Iglesia como enseñanza de Dios, camino que Él hace con los pueblos en sus culturas, pedagogía de Dios.

 Considero necesario buscar que la metodología pastoral lleve a que el cristianismo arraigue de manera consciente y original en la tradición de los pueblos. Tanto el mensaje como su práctica social deben estar en consonancia con el ser cultural de los Indígenas que han optado por el Evangelio; es orientador oír las sugerencias y metodologías que se contienen en las culturas indígenas.

 En la vida litúrgica hemos hecho entrar motivos, símbolos, arte indígena; pero casi siempre asumimos esto sin la participación activa de la comunidad y más por razones decorativas que por el verdadero sentido que tienen en sus propias culturas. Así expresamos, a lo más, nuestra fe con sus símbolos; falta que ellos expresen adecuadamente su propia fe. Sabemos que esos símbolos y motivos se realizan hoy “porque es el costumbre” sin embargo, la cosmogonía y teogonía indígenas nos proporcionan un sentido muy rico y profundo. No sólo nosotros, sino también los Indígenas, hemos de conocer bien todos esos elementos para que participemos de manera plena, consciente y activa. Y así como damos cabida a sus expresiones artísticas y simbólicas en nuestra liturgia, igualmente también debemos lograr que sus estructuras comunitarias y sus valores tengan en la Iglesia el espacio que les corresponde (Evangelii Nuntiandi, 62).

 La labor de la Pastoral Indígena debe ser “una empresa de evangelización… seguir la ruta que trazaron los primeros evangelizadores, aquellos religiosos que vinieron a anunciar a Cristo Salvador, a defender la dignidad de los indígenas, a favorecer su promoción integral; a enseñar la hermandad como hombres y como hijos del mismo Señor y Padre” (Juan Pablo II, en el Aeropuerto de Santo Domingo).

 La Iglesia en cuanto tal, no tiene una cultura propia sino que debe encarnarse en todas. Todos los pueblos están llamados a formar el único pueblo de Dios que debe extenderse a todo el mundo y a todos los tiempos. El Pueblo de Dios se hace de todas las naciones de la tierra, teniendo como principio de unidad a Cristo. La Iglesia, al recibir a todas las naciones, no quita nada de los bienes de ningún pueblo, sino al contrario, favorece y acoge sus costumbres, purificándolas, consolidándolas, elevándolas (Gaudium et Spes, 13). La Iglesia universal es la unidad visible de todos estos pueblos, en comunión perfecta y total, no absorbidos ni fundidos, sino reunidos por el encuentro en la verdad y el amor que da el Espíritu Santo.

 La comunión entre culturas e Iglesia da por resultado un enriquecimiento mutuo. “La realidad misma se enriquece con la presencia de diferentes culturas y elementos étnicos” (Juan Pablo II, a los Aborígenes de Australia); al mismo tiempo; la Iglesia purifica y eleva las culturas en las que penetra (Ad Gentes, 22). Con la diversidad que enriquece tanto a la tradición religiosa de la única Iglesia como a las culturas de los pueblos, la catolicidad viene a ser una fuerza que impulsa a las Iglesias autóctonas particulares a compartir sus propios dones culturales con los demás.

 Es necesario que el Evangelio alcance la raíz de la cultura, la zona de los valores fundamentales (Evangelii Nuntiandi, 18); debemos evangelizar en lo hondo de las culturas (Puebla 303); hacer una redención integral de las culturas antiguas y nuevas, el Evangelio debe penetrar en la cultura, en los modelos de vida (Puebla, 343). Y renovar y perfeccionar las culturas para que lleguen a su plenitud por la verdad liberadora de Cristo y su presencia (Evangelii Nuntiandi, 18). Los valores y los modelos que orientan a una cultura pueden deteriorarse, agotarse, corromperse e ir contra los pueblos que crearon esas culturas. El Evangelio y la pastoral son una fuerza para la restauración de esos valores y la reorientación de las culturas según sus mejores modelos y según el plan de Dios (Evangelii Nuntiandi, 19). Para lograr la conversión, la Evangelización busca alcanzar la raíz de la cultura, la zona de los valores fundamentales como ya lo apuntábamos, suscitando una conversión que puede ser base y garantía de la transformación de las estructuras y del ambiente social.

 Brota como exigencia, saber percibir con discernimiento la presencia y la acción de Dios en las culturas que son importante vehículo para transmitir la fe, y a las que nos debemos abrir para poder interpretarlas e impregnarlas con la fuerza del Evangelio (Juan Pablo II a Indígenas de Cuilapan, 4).

 Son muchos y muy grandes los valores que Ustedes Hermanos Tarahumaras, Pimas, Tepehuanes y Guarojíos  tienen,  como:

 - El vivir valores culturales que favorecen enormemente profundas vivencias cristianas: hospitalidad, amistad, apoyo, responsabilidad, fraternidad, comunión de bienes, compartir sufrimientos y alegrías.

- Son pueblos básicamente religiosos, alimentados por una vivencia de Dios, sus expresiones propias de religión, su sentido del misterio, de la penitencia, del dolor, de la muerte y de la vida.

- El sentido de comunidad, les gusta vivir y expresarse en comunidad.

- La solidaridad que sale a relucir en las fiestas y celebraciones civiles.

- El centrar su experiencia en una percepción religiosa en torno a Cristo, la Virgen y los Santos.

- Aman y respetan sinceramente a la Iglesia, a los Sacerdotes y a las Religiosas.

- Su amor a las imágenes y sus rezos.

- El agua bendita y las bendiciones.

- Las procesiones, las flores y las veladoras.

- La sobriedad y belleza de los Templos en sus lugares de origen.

- Sus narraciones y sus cantos, y sobre todo sus danzas.

- La belleza de sus colores en los vestidos y demás indumentaria.

- La riqueza de su lengua.

 Todos estos y muchos más valores que se me escapó enumerar, los hacen grandes como seres humanos y más como hijos de Dios; estos valores a la Arquidiócesis de Chihuahua nos retan a ser cada día mejores y seguir construyendo juntos la verdadera Familia de Dios. Sus costumbres y tradiciones culturales son patrimonio de la Iglesia, son elementos indispensables para llevarla a ser verdaderamente católica. Todos juntos debemos conocer, estudiar y analizar bien los elementos materiales, personales y comunitarios, valores y religiosidad, de tal modo que descubramos cómo todo ello enriquece al cristianismo y como el cristianismo enriquece y eleva el sentido de las culturas indígenas.

 Sin duda que hay algunas cosas en las que todos debemos cambiar, ya anotábamos la necesidad de conversión; por las circunstancias en las que vivimos, por la ignorancia en que a algunos se les mantiene, por las divisiones que se les crean, por los vicios que se les fomentan, por la estructura de dominación e injusticia del sistema dominante, también hoy a todos se nos dirige el llamado de Cristo: “conviértanse” (Marcos, 1,14); como seres humanos necesitamos liberarnos del pecado personal y comunitario.

 Hermanos Tarahumaras, Pimas, Tepehuanes y Guarojíos, como ser humano que comparte la misma fe con Ustedes, como su Obispo lleno de esperanza en las promesas de la presencia transformadora de Jesús, reconozco los signos profundos y originales de la salvación de Dios Padre, la fuerza vivificante de su Espíritu Santo y los testimonios esperanzadores de una renovación profundamente evangélica y evangelizadora de la Iglesia entre Ustedes y en nuestra Arquidiócesis de Chihuahua.

 Que la Santísima Virgen de Guadalupe, nuestra querida y bondadosa Madre, esté animando nuestro caminar de Iglesia y acompañando siempre nuestras Familias.

 Los bendice de corazón y les pide su oración:

 

 

 

                                                                                                          +  Constancio  Miranda  Weckmann

                                                    Arzobispo  de  Chihuahua

 

 

28  Enero  2014                                       Chihuahua,  Chih.

 

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