Los monasterios – pararrayos de la ira divina


monasterioSí, ya sé que te extraña que en este mundo supercivilizado haya monjes, curas y monjas. Pues que no te llame la atención. Ellos y ellas son los pararrayos de la ira divina.

Merecen todo respeto y admiración. Han consagrado su vida al bien de los demás sin tener en cuenta lo que han dejado, sino lo que han ganado por el Reino de los Cielos. Una sociedad sin monjes, una sociedad que, de alguna manera, no está irrigada por una oración monástica, es una sociedad verdaderamente enferma.

En una sociedad debe haber lugares que sean como laboratorios donde haya personas que se consagren a esta experiencia de la profundidad, lugares donde se puede emplear la palabra “DIOS” sin que sea una mera palabra, sino una presencia sentida cada vez con más profundidad. Entonces, la colectividad recobra vida.

Para ilustrar esto, me gusta emplear la imagen de una montaña nevada: cuando la nieve se derrite poco a poco, está por una parte azul, el espacio que se concentra en la nieve, bendiciendo a la montaña y por otra el agua que fluye formando arroyos y después ríos para poder irrigar los jardines, los huertos y hacer que la vida sea posible.

Todo esto es el monaquismo en una sociedad: es inmenso, es el sentido, es el azul que se concentra en la oración de algunas personas que se consagran a esta experiencia interior y que, en su contacto con los jóvenes, van poco a poco difundiendo este resplandor a toda la sociedad.

Lo que acontece en los monasterios abiertos al joven en las ciudades y en grandes lugares especiales es la línea tradicional del monaquismo. Hay que volver a encontrar estos laboratorios de eternidad para alimentar de eternidad la historia: si la historia no se alimenta de eternidad se convierte en zoología. Los monjes, sacerdotes y monjas están llamados a despertar el interés de los jóvenes que van hacia ellos.

Es así como descubren un cristianismo vivo que les lanzará a ser creadores en todos los ámbitos posibles: en la cultura, la economía, la política, etc. Viven un carácter profético: es verdaderamente el siglo XXI el que está en juego aquí.

Es una ley de la historia de la Iglesia: cuando se vive algo auténtico, la gente va a los monasterios.

Oye, aunque los monasterios, los monjes y las monjas no sean conocidos en los medios de comunicación social como los deportistas, las estrellas de cine, los políticos…, sin embargo ellos están siempre en el candelero de la fama que nunca se pierde: la fama de su cercanía con Dios, razón última de toda existencia humana.

Autor: Felipe Santos | Fuente: Catholic.net

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