Pilato se lava las manos y condena a Jesús


pilatos“Al ver Pilato que no adelantaba nada, sino que el tumulto iba a más, tomó agua y se lavó las manos ante el pueblo diciendo: Soy inocente de esta sangre; vosotros veréis”(Mt). Es un gesto llamativo; pero falso. Todo pecador tiende a justificar su conducta. Nadie quiere hacer algo malo diciendo que es malo. Y se declara inocente. Ha pecado contra la justicia y contra la verdad, ha rechazado al Hijo de Dios que se le ha manifestado y al que ha reconocido inocente. No bastan las intenciones para justificar la conducta; son necesarios los hechos a los que conduce nuestra voluntad. En este juicio han actuado parece diversas manifestaciones del pecado que Jesús ha venido a redimir: el odio, la envidia, la lujuria, la debilidad, el afán de poder, la violencia, la brutalidad de la sangre, la despersonalización en la masa. Por eso son los pecados de todos los hombres los que condenan al inocente, no sólo los de los que están presentes en el juicio. Y los pecados de la historia, de cada hombre, se acumulan sobre Jesús golpeándolo y rechazando su liberación. A pesar de todo Jesús sigue amando a los que le odian.

Cuando oyen que el juicio recae en ellos “todo el pueblo gritó: ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”(Mt). Estremece este grito de odio. Asumen la responsabilidad plena de sus actos, y condenan a muerte al inocente, al Salvador, al Hijo de Dios. Son bien conscientes de sus decisiones, no hay inadvertencia. Han pasado siglos desde aquel grito y el pueblo judío, errante hasta ayer, ha sufrido en carne propia aquella maldición: Jerusalén fue arrasada y el pueblo, en diáspora, padeció persecuciones continuas a lo largo de la historia, algunas al límite máximo del horror. Pero no fue sólo el pueblo judío el sujeto de ellas, son propias de todos los pecadores que rechazan la misericordia y se hacen acreedores de la justicia. La muerte y el infierno serán el pago de los que condenen a Cristo y en realidad se condenan a sí mismos. Jesús sufre por el amor rechazado. A cada uno le ofrecerá el perdón y la reconciliación, pero la autoexclusión del amor es el infierno, y Dios no quiere anular la libertad del hombre, libertad amante o libertad errante, pero verdadera libertad con consecuencias. Y un agudo dolor atraviesa el corazón de Jesús al ver el triste destino de aquellos sobre los que cae la sangre con toda la fuerza de la justicia. Dios perdona siempre, pero no puede dejar de ser justo.

Era el mediodía, hacia las doce, el momento en que se cruzan las horas tercia y sexta del modo romano de contar el tiempo. En aquél momento se sacrificaba en el Templo el cordero inmaculado y se separaba el pan fermentado del pan ázimo que se iba a utilizar aquellos días, en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto. Coincidencia del querer divino que quiere convertir aquel sufrimiento en un verdadero sacrificio de la nueva Alianza. Cristo era el Cordero que quita el pecado del mundo. Gran misterio de la salvación, pero ¡cuánto dolor costó!

Era viernes, el sexto día de la semana. En el inicio de la Historia Dios creó a Adán el primer hombre en ese día y vio que era muy bueno lo que había hecho. Ahora también el día sexto otro hombre -Jesús- va a recomponer lo que el primero había destrozado con su pecado. Más adelante, el primer día de la semana, Dios dará vida nueva al hombre que, como nuevo Adán, recompone a la humanidad creada destrozada por el pecado, si ella quiere. La libertad se mostró pecadora y trajo desastres sin cuento entre los hombres. Cristo con una libertad amorosa va a traer bienes mucho mayores que los primeros, pero, ¡a qué precio!

Reproducido con permiso del Autor,
Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitarias
pedidos a eunsa@cin.es

Cortesía de encuentra.com

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