Ser Sacerdote no es fácil


Decía san Juan María Bautista Vianney, el famoso cura de Ars: El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús… Si comprendiéramos bien lo que es el sacerdote, moriríamos, no de pavor, sino de amor. El sacerdote es el depositario y distribuidor de los dones de la Redención de Dios. Es pastor y guía del pueblo de Dios. Es representante y embajador de Cristo en el mundo y debe actuar siempre en su Nombre y con su poder.

En su aspecto exterior, debe reflejar su dignidad y , por eso, debe distinguirse de los demás como el pastor se distingue de sus ovejas. Debe ser un padre para todos, siempre disponible. Debe ser un hombre de fe, un hombre de Dios. Y debe sentir, como una responsabilidad, la salvación de todos los hombres. Por lo cual, cada día, durante la celebración de la Misa, debe encomendarlos a todos como un padre a sus hijos. Porque cada sacerdote debe vivir la solicitud por toda la Iglesia y sentirse, de algún modo, responsable de ella (DM 5)

Pero, sobre todo, el sacerdote debe ser el hombre de la Eucaristía, debe centrar su vida en la celebración del Misterio Eucarístico. La celebración de la Eucaristía es para él, el momento mas importante y sagrado de la jornada y el centro de su vida (DM 8). Cuando se celebra la Misa, la celebra en la persona de Cristo. Lo que en Cristo ha realizado sobre el altar de la Cruz y que, precedentemente, ha establecido como Sacramento en el Cenáculo, el sacerdote lo renueva con la fuerza del Espíritu Santo. En ese momento, el sacerdote está como envuelto por el poder del Espíritu Santo y las palabras adquieren la misma eficacia que las pronunciadas por Cristo durante la Última Cena (DM 8).

Celebrar la Eucaristía es la misión más sublime y más sagrada de todo sacerdote (DM 9). La Eucaristía constituye la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y la vez que ella… Nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, “por ella y para ella”. Somos, de modo particular, responsables de ella (Juan Pablo II, carta apostólica Dominicae cenae).

También el sacerdote es testigo e instrumento de la Misericordia Divina y, por eso, como un padre, debe esperar en el confesionario a sus hijos que desean recibir el perdón de Dios. El sacerdote es administrador de bienes invisibles e infinitos que pertenecen al orden espiritual y sobrenatural (DM 9). Precisamente por ello, el sacerdote debe estar bien preparado para poder responder a las exigencias del mundo moderno. Debe actualizarse constantemente en los últimos documentos de la Iglesia y seguir atentamente los acontecimientos del mundo. Debe estar altamente cualificado, pero, sobre todo, debe amar a Cristo.

Durante el tiempo de Seminario debe enamorarse de Cristo. Sólo si tiene una experiencia personal de Cristo, puede comprender en verdad su Voluntad y, por tanto, la propia vocación. Cuanto más conoces a Jesús, más te atrae se Misterio; cuanto más lo encuentras, más fuerte es el deseo de buscarlo. Es un movimiento del espíritu que dura toda la vida. El Seminario es como una estación llena de promesas (Benedicto XVI, a los seminaristas en la jornada mundial de la juventud de Colonia, agosto del 2005).

Por eso, el sacerdote no puede conformarse con lo que ha aprendido un día en el Seminario, aún cuando se haya tratado de estudios a nivel universitario. El proceso de formación intelectual y espiritual debe continuar toda la vida. Por otra parte, el sacerdote, a diferencia de otras profesiones como médicos, ingenieros, abogados, maestros…, está marcado como tal para toda la eternidad, es sacerdote para siempre.

En el Cielo se reconocerá a los sacerdotes como tales. El día de su ordenación recibió el carácter sacerdotal, como un sello imborrable, que le indica que es propiedad exclusiva del Señor. El carácter sagrado le afecta de modo tan profundo que no queda en él ya nada de lo que pueda disponer como si no fuera sacerdote. Y cuando realice acciones que, por su naturaleza, son de orden temporal, el sacerdote es siempre Ministro de Dios. En él, todo, incluso lo profano, debe convertirse en sacerdotal (Juan Pablo II, 2-VII-1980).

El sacerdocio, para él, no es un modo de conseguir seguridad en la vida, un modo de ganarse el pan y obtener una cierta posición social. El sacerdocio sólo puede ser una respuesta a la llamada de Dios, pues nadie puede darse a sí mismo el sacerdocio. Es Jesús quien llama a quien quiere.

No existe el derecho al sacerdocio, como si fuera un derecho humano, que hay que respetar en quien quiere recibirlo. El sacerdocio no es un oficio o profesión como las demás. Es una llamada personal de Jesús, que el llamado puede rechazar. Pero que, si la sigue, debe tomarla en serio. Hay un derecho del Señor sobre los llamados, que deben seguir su Voluntad.

Por eso, un sacerdote no puede ser mediocre. Las almas necesitan sacerdotes y no sacerdotes a medias, que viven como laicos, o laicos que actúan como sacerdotes. Hay que ser sacerdotes al ciento por ciento. Y eso debe notarse hasta en su modo de vestir y de vivir. Un sacerdote no puede llevar una vida de lujo que escandalice a sus feligreses pobres o vivir igual que cualquiera, yendo a cines y espectáculos de cualquier tipo, con la excusa de que hay que estar al día. Debe cuidar su espíritu, pues debe ser un modelo espiritual para los demás, o sea, debe ser ejemplar. Cada palabra y cada acción deben estar imbuidas de su espíritu sacerdotal y de su misión de salvar almas.

El sacerdote no puede ser solamente un promotor social. La hermana Briege McKenna dice: Conozco a un sacerdote que viajó a Sudamérica para ayudar a los pobres. Tenía un gran entusiasmo, disponía de medios materiales. Cuando llegó, comenzó a construir clínicas y escuelas.

Después de 10 años, se dio cuenta de que muchos de sus parroquianos se habían cambiado de religión. Un día, se quejó a uno de los ancianos. El anciano lo miró y con lágrimas le dijo: “Padre, no quiero lastimarlo. Usted nos trajo un montón de cosas buenas. Ha trabajado muy duro, pero no nos ha traído a Jesús y nosotros necesitamos a Jesús”.

El sacerdote se sintió avergonzado y dijo: “Estaba muy ocupado y casi no celebraba Misa. No tenía tiempo. Para mí era muy importante alimentar a esas personas que tenían hambre”. Pero Jesús le mostró que esas personas querían algo más que las cosas materiales… Para Él las cosas materiales eran importantes, pero un sacerdote no puede convertirse en un trabajador social ni en un político. Él no puede depender de recursos humanos, él debe depender de Jesucristo. Por eso, cuando desapareció su ceguera espiritual, me dijo: “Yo había perdido la fe. Me enojaba de que los pobres fueran explotados y no veía nada más”.

Ese sacerdote comenzó a entender las palabras de Jesús a sus apóstoles: “Para Mí nada es imposible”. Vio, a través de los ojos de la fe, la importancia de su sacerdocio y entendió la necesidad de depender de Dios (Los milagros si ocurren). Comprendió que su principal misión como sacerdote era amar a Jesús y llevar a Jesús, presente en la Eucaristía, a los demás. Y sintió la necesidad de orar y de ser santo para ser un fiel instrumento de Jesús.

El mundo actual reclama sacerdotes santos. Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así, el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad. Los hombres, sobre todo los jóvenes, esperan un guía así. ¡El sacerdote puede ser guía y maestro en la medida que es un testigo auténtico! (DM 9).

Por todo ello, es tan importante la oración en la vida del sacerdote. La oración hace al sacerdote y el sacerdote se hace a través de la oración. Debe estar convencido de que el mejor tiempo empleado es el tiempo dedicado a la oración. Si todos estamos llamados a la santidad, ¡con cuánta más razón el sacerdote! ¡Amen su sacerdocio! ¡Sean fieles hasta el final! Sepan ver en él aquel tesoro evangélico por el cual vale la pena darlo todo (DM 10).

Fuente: Sacerdote para siempre. Con Nihil Obstat e Imprimatur del obispado de Cajamarca (Perú)

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