Jesús es Mío


DanielEn la Sagrada Comunión, Jesús se da a mí y se hace mío, Todo mío, en Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Así pues, un día Santa Gemma Galgani dijo dulcísimamente a Jesús: “Yo soy Tu dueña”. Con la Comunión, Jesús entra en mi corazón y permanece corporalmente presente en mí, por tanto tiempo como las especies (las apariencias) de pan duran; es decir, por aproximadamente 15 minutos. Durante este tiempo, los Santos Padres nos enseñan que los Ángeles me rodean, y continúan amando y adorando a Jesús sin interrupción. “Cuando Jesús está corporalmente presente en nosotros, los Ángeles nos rodean con una guardia de Amor,” escribió San Bernardo.

Quizá pensamos muy poco acerca de la grandiosidad de la Sagrada Comunión, y sin embargo, San Pío X dijo que “si los Ángeles pudieran sentir envidia, nos envidiarían por la Sagrada Comunión”. Y Santa Magdalena Sofía Barat, definió la Sagrada Comunión como “Paraíso sobre la tierra”. Todos los Santos han comprendido por experiencia, la maravilla Divina del encuentro y unión con Jesús en la Eucaristía. Ellos comprendieron que una Sagrada Comunión devota, significa el ser poseídos por Él, y poseerlo. “El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre, vive en Mí, y Yo en él” (Jn 6,57).

En una ocasión Santa Gemma Galgani escribió: “Ya es de noche, la mañana se acerca y entonces Jesús se posesionará de mí y yo lo poseeré a Él”. No es posible tener una unión de amor más profunda y más total: Él en mí y yo en Él; el uno en el otro. ¿Qué más podemos desear? Ustedes envidian, decía San Juan Crisóstomo, la oportunidad de la mujer que tocó las vestimentas de Jesús, de la mujer pecadora que lavó sus pies con sus lágrimas, de las mujeres de Galilea que tuvieron que seguirlo en sus peregrinaciones, de los Apóstoles y discípulos que conversaron con Él familiarmente, de la gente de esos tiempos, quienes escucharon las palabras de Gracia y Salvación de sus propios labios. Ustedes llaman felices a aquellos que lo miraron, pero vengan ustedes al altar, y lo podrán ver, lo podrán tocar, le podrán dar besos santos, lo podrán lavar con sus lágrimas, le podrán llevar con ustedes igual que María Santísima.

Por esta razón, los Santos han deseado y suspirado por la Sagrada Comunión con un amor ardiente; por ejemplo, San Francisco de Asís, Santa Catalina de Siena, San Pascual Bailón, Santa Verónica, San Gerardo, Santa Margarita María de Alacoque, Santo Domingo Savio, Santa Gemma Galgani…; no tiene caso seguir, porque uno necesitaría realmente listar a todos los Santos. Por ejemplo, Santa Teresa del Niño Jesús, escribió un poema Eucarístico: “Deseos junto al Tabernáculo”, en el cual, entre otras cosas hermosas, decía: “Yo quisiera ser el cáliz, en el cual yo pudiera adorar la Sangre Divina. Puedo, sin embargo en el Santo Sacrificio, recogerla en mí cada mañana. Por tal motivo, mi alma es más apreciada por Jesús, es más preciosa que vasijas de oro”.

San Gerardo Majella, debido a un reporte falso y envidioso del cual no quiso defenderse, fue castigado privándosele de la Sagrada Comunión. El sufrimiento del Santo fue tal, que un día rehusó ir a ayudar en la Santa Misa a un sacerdote que estaba visitando, “porque –dijo– al mirar a Jesús en la Hostia en las manos del sacerdote, no podré resistir el tomar por la fuerza la Hostia de sus manos”. ¡Que deseo consumía a ese Santo maravilloso! Y que reproche para nosotros, que, quizá, podríamos recibir con facilidad la Sagrada Comunión a diario, y no lo hacemos. Eso es una señal de que carecemos de lo más esencial: Amor. Y quizá estamos tan enamorados de los placeres terrestres que ya no podemos apreciar las delicias celestiales de unión con Jesús en la Hostia.

“Criatura, ¿cómo puedes tú sentir la fragancia del Paraíso que se difunde del Tabernáculo?” preguntaba San Felipe a un hombre joven enamorado de los placeres carnales, de bailes y diversiones. Los gozos de la Eucaristía y la satisfacción de los sentidos “se oponen uno al otro” (Gal 5,17) y el “hombre sensual no percibe estas cosas que son del Espíritu de Dios” (1 Cor 2,14). Esta es sabiduría que viene de Dios.

San Felipe Neri amaba tanto la Eucaristía, que aún cuando estuvo gravemente enfermo recibía la Sagrada Comunión a diario, y si no le traían a Jesús muy tempranito en la mañana, se inquietaba mucho y no encontraba reposo de ningún modo. “Mi deseo de recibir a Jesús es tanto –exclamaba, –, que no puedo encontrar paz mientras espero”. Lo mismo sucedió en nuestros tiempos con el Padre Pío de Pietrelcina, y únicamente la obediencia podía hacerlo esperar hasta las 4 o 5 a.m. para celebrar Misa. Verdaderamente, el amor de Dios es un “Fuego Devorador” (Dt 4,24).

Cuando Jesús es mío, la Iglesia entera se alegra; la Iglesia en el Cielo, en el Purgatorio y la Iglesia en la tierra. ¿Quién puede expresar el gozo de los Ángeles y de los Santos a cada Sagrada Comunión que se recibe devotamente? Un nuevo torrente de amor llega al Paraíso, y causa que los Espíritus Benditos vibren, cada vez que una criatura se une a Jesús para poseerlo, y ser poseído por Él. Una Sagrada Comunión es de muchísimo más valor que un éxtasis, una visión o un rapto. ¡La Sagrada Comunión transporta todo el Paraíso para dentro de mi corazón!

Para las Ánimas del Purgatorio pues, la Sagrada Comunión constituye el regalo más querido que de nosotros puedan recibir. ¿Quién puede decir a que grado las Sagradas Comuniones les ayudan para su liberación? Un día, Santa María Magdalena de Pazzi tuvo una aparición de su padre difunto, y le dijo que para que él pudiera dejar el Purgatorio, se necesitaban ciento siete Sagradas Comuniones; y de hecho, cuando se ofreció la última de las ciento siete Sagradas Comuniones por su alma, la Santa vio a su padre ir a los Cielos. San Buenaventura se convirtió en un apóstol de esta verdad, y se refirió a ella con tonos vibrantes: “Oh, Cristianos, ¿desean ustedes probar su verdadero amor hacia sus seres queridos que ya se han ido? ¿Desean mandarles su más preciosa ayuda y la Llave Dorada del Cielo? Reciban a menudo la Sagrada Comunión por el reposo de sus almas”.

Reflexionemos que la Sagrada Comunión no sólo nos une a Jesús, sino también a todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, más queridos por nuestros corazones. Es en la Sagrada Comunión donde captamos totalmente las palabras de Jesús: “Yo en ellos… para que tengan unión perfecta” (Jn 17,23). La Eucaristía nos hace uno, aún entre nosotros, sus miembros, “uno todos en Jesús” como lo dice San Pablo (Gal 3,28). La Sagrada Comunión es verdaderamente puro amor, por Dios y por el prójimo. Verdaderamente es la “Fiesta del Amor”, según dijo Santa Gemma Galgani. Y en esta “Fiesta del Amor”, el alma enamorada se puede gozar cantando con San Juan de la Cruz: “Míos son los Cielos, y mía es la tierra. Míos son los hombres; los Justos son míos y los pecadores son míos. Los Ángeles son míos, y también la Madre de Dios; todas las cosas son mías. El mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío, y todo para mí”.

Fuente: Jesús, nuestro Amor Eucarístico, del P. Stefano Manelli, O.F.M.

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