Vivir una verdadera vocación (El llamado a ser verdaderamente cristianos)


vivir1Hablar de Dios en la libertad del hombre, es pisar en las arenas movedizas de nuestra religiosidad popular. Estamos tan acostumbrados a descargar nuestros compromisos y nuestra responsabilidad en Dios, que hablar de vocación es hablar de enfrentamientos. Estamos acostumbrados a dejar en Dios nuestra realización, como si a Dios le gustara desligarnos de nuestro compromiso. Dios no priva a nadie de su tarea existencial, Dios no hace nuestra parte, ni trabaja sin nosotros. Dios no suplanta, sino coopera.

Hoy hablamos de vocación y pensamos en profesiones, actividades, más o menos envolventes o en aficiones y tendencias. Cuando mucho se nos ocurre referirnos a la vida sacerdotal y pocas veces al matrimonio o al estado laical.

Vocación es un llamado, una atracción existencial que está más allá del pragmatismo de la vida, está en el ser mismo del ser humano. Vocación antes que nada, y como raíz y fundamento de todo lo que se pueda ser en la vida es, ser hombre y persona. Sin este cimiento nada es posible. Es fracaso o es frustración existencial. Esta es la causa de muchas, para no decir la mayoría, de las fracturas que sufre el hombre moderno.

Estamos en un tiempo de cambios vertiginosos, que hacen vivir de paso conceptos fundamentales para la vida. Los modos de entenderse así mismo, las formas de asumir la existencia y sus relaciones, la manera de asentarse en los espacios vitales primarios.

No entenderse hombre y persona, desde luego, adulta y madura, hace personalidades inconsistentes, superficiales e incapaces de compromisos que afecten la totalidad de la vida. Mantiene sociedades y hombres avocados al inmediatismo. Actuaciones de meros circunstancialismos a la hora de planear la vida. En este caldo de laboratorio, no es posible enraizar al hombre con vocación de persona capaz de asumir un sentido profundo en la vida.

Se vive una existencia fatigante por falta de motivaciones existenciales capaces de envolver la persona, capaces de ser raíz de todo lo que hace ser a la persona en relación y perspectiva trascendente.

No podemos hablar de vocación, si no hemos logrado una identidad, un sentido totalizador de lo que se es, sólo entonces, se puede saber para qué se es y cómo puede serlo. Necesitamos reencontrarnos primero a nosotros en el llamado primordial del ser y sus consecuencias vitales y totalizadoras, para luego encontrar nuestro lugar y pertenencia en una sociedad.

2. ¿Qué es una vocación?

Vocación es la orientación total, que inspira y organiza la totalidad de la vida. Es el ideal que influye y orienta toda la actividad y las motivaciones de la persona.

La vocación en su dimensión antropológica, es personalizante; es fiel a la propia identidad, nace en el interior de cada persona, está integrada a todo su contexto existencial, para promover el desarrollo de la propia valía y la capacidad para amar, crear, convivir y proyectarse. En pocas palabras está inmersa en las mismas necesidades básicas y potencialidades.

En su dimensión Cristiana, es la respuesta a la identidad de cristiano en cuanto seguidor de Cristo. La iniciación cristiana es la referencia totalizadora como adhesión vital a Cristo y su proyecto de existencia.

En su dimensión eclesial. La adhesión personal a Jesús nace y se desarrolla dentro de la comunidad. Es en la comunidad donde los cristianos viven su conciencia clara de unión con Cristo. Por eso la vocación es, antes que nada, descubrir su propia pertenencia a esa comunidad, su lugar dentro de ella y su proyección en y desde ella. Nadie puede pretender encontrar su vocación para la vida, si antes no encuentra su ser, como creyente, en estas tres dimensiones,

3. Notas de una vocación adulta

Las cualidades de una vocación adulta, es decir: madura, estable, firme y realizante. Podemos describirla con estas cinco notas:

a) Integrada. Es decir como rasgo de su personalidad; integrada en el vivir2conjunto de la personalidad, como punto de referencia fundamental de todos los aspectos de la misma vida. Cuando es el motivante de su propia realización y relación con su entorno, cuando coordina todo el mundo de ideas, valores y comportamientos de la persona.

b) Psicológicamente fundada. Una vocación no puede considerarse madura, si no se apoya en una madurez psicológica aceptable, con todo lo que supone de conocimiento y aceptación de sí mismo, de autonomía afectiva y de apertura a todo lo distinto. Reconoce sin devaluaciones, posibilidades y limitaciones.

c) Diferenciada. Distingue y expresa su identidad de cualquier otro modo de ser, sin conflicto ni evasiones. Sabe separar lo esencial de lo accesorio, lo importante de lo secundario, lo central de lo periférico. Es decir, crece en una escala de valores, desde los que pueda discernir los cambios de adaptación sin caer en el desconcierto de las frustraciones o las claudicaciones. Sabe ser lo que es de frente a toda diferencia.

d) Profundizada. No para cuestionarla o relativizarla, sino para conocer sus motivaciones y su orientación. Las razones que la acrecientan y fortalecen. Las vivencias que la expresan y la renuevan. Día con día es una verdad que se vive, no que se dice.

e) Operante. Es decir como proyecto de existencia y no como motivo sentimental. Comprometida con el principio que le dio origen. Una vocación adulta dirige toda la actividad del hombre y estimula la búsqueda permanente de nuevos valores que la expresen y plenifiquen. Se sabe una respuesta a la vida sin rebajas ni apariencias. Es en sí mismo un signo.

Esta es la vocación que produce amplia aceptación del sentido de sí mismo, capacidad de relación y proyección desde una identidad gratificante y definida, seguridad emocional y libertad para actuar con penetración en el medio que le envuelve. Es una vocación que da seguridad del espacio existencial que tiene y hace la armonía de sí mismo y en el entorno donde se proyecta.

4. La difícil tarea de ser hombre

Lo antes dicho, era un preámbulo necesario, pues que si no aprendemos a ver nuestra realidad con objetividad antropológica, nuestra vivencia del Misterio termina por empantanarse en las apariencias, las rutinas secantes y los juegos evasivos. Siempre, una vocación sin fuerza ni carácter, sin convicción ni identidad, termina por anularse.

Dios no suprime la naturaleza humana, la supone, nos asegura Santo Tomas de Aquino. Y Juan Pablo II escribe en la Redemptor Hominis, no se puede ir a Dios brincando por encima del hombre. Necesitamos entendernos, desde el principio, hombre sacerdote.

No podríamos hablar de la acción del Espíritu Santo sin antes tocar tierra firme. Los llamados de Dios siempre se han fincado sobre roca, porque conoce al hombre concreto, le encomienda tareas concretas, y esa ha sido su eficacia. Hoy nuestros cristianos carecen de identidad, de pertenencia y por lo mismo de estabilidad y capacidad para una entrega en cualquier momento de la vida y ante cualquier otro estado de vida…

No se puede ser hombre nuevo mientras se tengan las calzas de un hombre viejo. Ni se puede pensar en andar lejos si queremos conservar seguridades o dejar puertas abiertas a otras posibilidades. Esto sería como vivir dividido, como pretender servir a dos señores.

Por lo mismo, no se puede hablar de una vocación específica si antes no logramos ser persona y entender lo que eso conlleva. Ese ha sido nuestro fracaso. Y Dios no priva a nadie de la difícil tarea de ser hombre. Jamás enajena nuestra responsabilidad de ser persona, porque sabe que sin esta realización no puede construirse vocación alguna.

5. La vocación al ritmo de Dios

Demasiados problemas, demasiadas presiones, demasiado difícil ser hombre y hombre del Evangelio. Hemos preferido pasar la vida sin llegar a interrogarnos, sin querer encontrar los fondos de nuestras propias cisternas porque dolería ver los lodos que la empantanan o las ambigüedades que escondemos.

Preferimos dormir en la superficie de un espiritualismo sedante y conformista o activismos seudo pastorales. Soñar y perdernos entre las vivir4fantasías religiosas a tomarnos de frente. Preferimos adormecernos con los remedos humanos o creando seguridades de tinte religioso que silencie los miedos, adormezca los compromisos y descalifique las vocaciones.

A cuantos ha llamado Dios a ser del Reino, los ha arrancado de su resguardo: sal de tu casa, le dijo a Abraham; descálzate, le ordenó a Moisés en el desierto; deshizo el paso seguro a Pedro entre las olas y sacudió los lastres de las bolsas a Saqueo. Así es Dios, el hombre ha de ser el hombre: persona sin puntales ni andenes. Lo demás lo llena Él con su vino nuevo.

La vocación del hombre en plenitud, empieza por ser búsqueda de Dios. Lo que hay de Dios en el hombre, tira por ser fiel a Dios a pesar del hombre; tal vez por eso San Agustín decía, salimos de Ti y no descansará nuestro corazón hasta volverse a Ti. Y en este buscar, Dios no entrega mapas de caminos y carreteras, ni hace listas de paradores y descansos, simplemente nos comunica un llamado, una sed insaciable, que sólo Él satisface porque es adentro de nosotros mismos. “Tú eres mi Dios, desde el amanecer te deseo; estoy sediento de Ti, a Ti te busco como una tierra sedienta, reseca, sin agua” (Sal 63).

Si la búsqueda de Dios tuviera estaciones de llegada, bastaría saber el número de vuelo y la hora de llegada. Si la búsqueda de Dios fuera sentimiento religioso, bastaría calzarnos uniforme. Dios no es un concepto,vivir5 que si lo fuera, bastarían los discursos y las bibliotecas. Dios es alguien y su reclamo retumba en la misma vocación del hombre. Y esto no tranquiliza, sino reta a correrse el riesgo. Él será la constante sorpresa y el continuo descubrimiento de sí mismo.

El sacramento continuo de la presencia de Dios en el mundo, somos nosotros mismos, siendo de verdad los hombres. Cuando esto se logra, entonces vendrá la pretensión de ser cristiano y sabremos definir nuestro lugar entre los demás cristianos.

6. El don que plenifica

Escuchemos primero la Palabra: “A los que de antemano conoció Dios, quiso que llegaran a ser como su Hijo: semejantes a Él a fin de que Él sea el primero entre muchos hermanos” (Rm 8,29).

“Por eso nos dieron el Espíritu que nos va formando en imagen suya más y más resplandeciente” (2Cor 3,18).

“Y desde su bautismo, se despojaron del hombre viejo y su manera de vivir, para revestirse del hombre nuevo que se va renovando y progresando hacia la imagen de Dios” (Col 3,9-11).

Cuando Dios encuentra tierra bien dispuesta y surco abierto, Él mira, elige y consagra, por eso su Aliento hace presencia desde dentro de nosotros. Así vino a Moisés, para su pueblo; a María para encarnar a su Verbo; a Pedro para edificar su Iglesia. Cuando el hombre es buen barro, no importa su pequeñez, sus manos de alfarero amasan nuestra greda hasta la imagen de su Hijo: plenitud del hombre, diría Teilhard de Chardín, para que nosotros decidamos ser discípulos y apóstoles a su manera.

Todo verdadero encuentro con Dios trae consigo una actitud nueva y donde el Espíritu se posa, conmueve y estruja hasta tomar partido. La vida según el Espíritu de Dios, es un dejarse sumergir en el misterio de Cristo hasta ser el esplendor de su gloria. Es una prisa por dejarse recrear, hasta que los hombres puedan ver en nosotros a aquel a quien confesamos como Señor y a quien pretendemos seguir para ser epifanía del hombre nuevo hecho de esperanza y vocación.

En nuestra iniciación cristiana, el Espíritu que nos fue dado, es presencia viva que sopla sobre nuestros huesos secos, y es amor que como hoguera, calienta nuestra fe entumecida. Es abrazo de Dios a nuestra personal manera de ser hombres, para ser testigos, puente, lámpara encendida, fermento en una masa que se avejenta.

Cuando hablamos de vocación, generalmente, hablamos de fantasías piadosas y de sentimientos que se escarapelan con el tiempo, olvidamos que la vocación es respuesta consciente, libre, voluntaria y decidida a esa vivir6presencia del Espíritu que empuja hacia la plenitud de nuestra primera vocación. Porque su presencia es venero de ese amor de predilección, es fuerza nueva que no se atora en los inmediatismos, y trasciende todo tiempo y circunstancia. ¡Dichoso quien se crea todo esto!

La fe es fácil decirla, lo que cuesta es encarnarla en una toma de postura, nosotros le llamamos vocación. Y vivir en vocación no es recibir un papel que se presume sino una marca que quema, que define nuestro ser y hacer. Es seguir al Maestro, no en los desfiles y con disfraces, sino andar sobre sus huellas, llevando el mismo polvo y sudando las mismas luchas, pero con el pecho repleto de esperanza y los ojos chispeantes de alegría a lo largo de todos los días y en el espacio que escogí.

No es cristiano todo el que dice serlo, y mucho menos seminarista, hay que probarlo. Tampoco se es creyente por tener un gafete, ni se es apóstol sólo por andar en la comitiva, hace falta ser como Él mismo: la entrega generosa y sin recortes. A un seminarista no se le mide por la cantidad de rezos y el número de misas a las que asiste o por estar en un lugar que le da nombre, sino por el coraje para arriesgar la propia vida a favor de sus hermanos. Así es como se escuchan los llamados.

Un seminarista, que sabe qué Espíritu lo llena, es alguien que no se asusta ni con fantasmas ni con vientos que zarandean su decisión de llegar a donde Cristo. Un cristiano es alguien que no se quiebra frente al miedo o las dudas, al contrario son los retos que le agrandan.

El seminarista, porque ha recibido un espíritu de fortaleza, sabe que el bautismo no le convierte en un privilegiado, sino en un llamado. La diferencia se da, pues, con el resto de los hombres, en que es un llamado a poner el corazón en la conquista de sí mismo para el servicio y no en guardar las piedras de su ego, abre caminos y se ha calado la cruz para seguir andando sobre los pasos del Maestro.

El seminarista que tiene conciencia del Espíritu Santo, renueva constantemente su bautismo y reinventa los caminos, y más que temer a la lucha y al sacrificio, teme a la mediocridad y al permanecer sordo al llamado de Dios que viene hasta su puerta. “El Espíritu del Señor, está sobre mí me ha ungido para anunciar buenas nuevas”: es la certeza de sus convicciones y la seguridad de su vocación en el Reino.

7. Un ambiente para la escucha

La mayoría de los cristianos, seminaristas o no, hemos caído entre las telarañas de las crisis de identidad. Necesitamos volver los ojos y orientar el corazón, hacia el origen de nuestra esperanza y razón de ser en el mundo. Las crisis de fe, son crisis de identidad, crisis de pertenencia, crisis de proyección y, por supuesto, crisis vocacionales. Nos falta el ambiente que dé oídos para escuchar y llaves para abrir corazón y oídos.

a) Verdadera actitud orante. Es ir más allá del rezo y del frecuentar lugares, es hablar con Dios de lo que uno ha recibido para dar a los demás.

b) Sumisión al Espíritu. Que no es otra cosa que silenciar los ruidos del propio yo y sus exigencias.

c) Escudriñar los signos de los tiempos. En los gritos de soledad, hambre y vacío que sofoca la presencia de Dios entre los hombres.

d) Ser de verdad un servidor. Que está más allá del hacer cosas de Iglesia.

e) Vivir una constante conversión para sacudir los lastres y caretas que nos impiden ser de verdad el hombre nuevo y del Espíritu.

f) Amar de verdad. Para encontrar la verdadera vocación, “mi lugar en el corazón de la Iglesia”.

g) Acuñar el estilo de la propia presencia en el ministerio. A golpes de entrega y generosidad.

h) No instalarse en las seguridades que reclaman los egoísmos y “opciones” baratas y condicionadas.

i) Ser desde hoy, lo que se quiere ser mañana.

Informacion de Notidiocesis de Chihuahua

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