Año Nuevo para el Cristiano


En esta tarde del 31 de diciembre se entrecruzan dos aspectos desiguales: el primero, vinculado al fin del año civil; el segundo, a la solemnidad litúrgica de María Santísima Madre de Dios, que concluye a los ocho días de la santa Navidad. El primer acontecimiénto es común a todos; el segundo es propio de los cristianos. El entrecruzarse de las dos perspectivas confiere a esta celebración un carácter singular, en un clima espiritual particular que invita a la reflexión.
El primer tema, muy sugestivo, está vinculado a la dimensión del tiempo. En las últimas horas de cada año solar asistimos al repetirse de algunos “ritos” mundanos que, en el contexto actual, están marcados sobre todo por la diversión, con frecuencia vivida como evasión de la realidad, como para exorcizar los aspectos negativos y favorecer improbables golpes de suerte.
¡Cuán diferente debe de ser la actitud de una comunidad cristiana! La Iglesia esta llamada a vivir estas horas haciendo suyos los sentimientos de la Virgen María. Juntamente con Ella esta invitada a tener fija su mirada en el Niño Jesús, nuevo Sol que ha surgido en el horizonte de la humanidad y, confortada por su luz, a apresurarse a presentarle “las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo a los pobres y afligidos” (Gaudium et spes, 1).
Así pues, se confrontan dos valoraciones de la dimensión “tiempo”: una cuantitativa y otra cualitativa. Por una parte, el ciclo solar, con sus ritmos; por otra, lo que San Pablo llama la “plenitud de los tiempos” (Gal 4,4), es decir, el momento culminante de la historia del universo y del género humano, cuando el Hijo de Dios nació en el mundo.
El tiempo de las promesas se cumplió y, cuando el embarazo de María llegó a su fin, “la tierra —como dice un salmo—, dió su fruto” (Sal 66,7). La venida del Mesías, anunciada por los profetas, es el acontecimiento específicamente más importante de toda la hisotia, a la que confiere su sentido último y pleno. Las coordenadas histórico-políticas no condicionan las decisiones de Dios; el acontecimiento de la Encarnación es el que “llena” de Valor y de sentido la historia.
Los que hemos nacido dos mil años después de ese acontecimiento podemos afirmarlo, por decirlo así, también por experiencia, después de haber conocido toda la vida de Jesús, hasta su Muerte y su Resurrección. Nosotros somos, a la vez, testigos de su Gloria y de su humildad, del valor inmenso de su venida y del infinito respeto de Dios por los hombres y por nuestra historia. Él no ha llenado el tiempo entrando en él desde las alturas sino “desde dentro”, haciéndose una pequeña semilla para llevar a la humanidad hasta su plena maduración.
Este estilo de Dios hizo que fuera necesario un largo tiempo de preparación para llegar desde Abraham hasta Jesucristo, y que después de la venida del Mesías la historia no haya concluido, sino que haya continuado su curso, aparentemente igual, pero en realidad ya visitada por Dios y orientada hacia la segunda y definitiva venida del Señor al final de los tiempos. La maternidad de María, que es a la vez acontecimiento humano y Divino, es símbolo real, y podríamos decir, Sacramento de todo ello.
En el pasaje de la carta a los Gálatas San Pablo afirma: “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Gal 4,4). Por consiguiente, la maternidad de María es verdadera y plenamente humana. En la frase “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” se halla condensada la verdad fundamental sobre Jesús como Persona Divina que asumió plenamente nuestra naturaleza humana. Él es el Hijo de Dios, fue engendrado por Él; y al mismo tiempo es Hijo de una mujer, de María. Viene de Ella. Es de Dios y de María.
Por eso la Madre de Jesús se puede y se debe llamar Madre de Dios.
Madre de Dios: cada vez que rezamos el Ave María nos dirigimosa la Virgen con este título, suplicandole que ruegue “por nosotros pecadores”. Al finalizar un año, sentimos la necesidad de invocar de un modo muy especial la intercesión maternal de María Santísima en favor del mundo entero. A Ella, que es la Madre de la Misericordia Encarnada, le encomendamos sobre todo las situaciones a las que sólo la Gracia del Señor puede llevar paz, consuelo y justicia.
“Para Dios nada es imposible”, dijo el ángel a la Virgen cuando le anunció su Maternidad Divina (Lc 1,37). María creyó y por eso es Bienaventurada (Lc 1,45). Lo que resulta imposible para el hombre, es posible para quien cree (Mc 9,23). Por eso, para terminar el año, entreviendo ya el amanecer del nuevo año, pidamos a la Madre de Dios que nos obtenga el don de una fe madura: una fe que quisiéramos que se asemeje, en la medida de lo posible, a la suya; una fe transparente, genuina, humilde y a la vez valiente, impregnada de esperanza y de entusiasmo por el Reino de Dios; una fe que no admita el fatalismo y esté abierta a cooperar en la Viluntad de Dios con obediencia plena y gozosa, con la certeza absoluta de que lo único que Dios quiere siempre para todos es amor y vida. ¡Oh María, alcánzanos una fe autentica y pura! Re damos fracias y te bendecimos siempre, Santa Madre de Dios. Amén”.
Fuente: Homilias de S.S. Benedicto XVI
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