La calle como nueva morada de Dios


callejon_gris_2La cultura religiosa ha enseñado a través de los siglos que la realidad de Dios tiene que ver con los espacios considerados como “sagrados”; es decir, el templo, el culto, las imágenes y el rezo. Se nos invita a creer que necesitamos de la quietud del espacio sagrado para encontrarnos con Dios; incluso, si alguien hace ruido en ese espacio lo consideramos como una ofensa a Dios. Por eso la mayoría de los templos no permite que ingresen las danzas y bailen junto al altar, dicho sea de paso.

Esta cultura religiosa ha puesto a los templos el nombre de “Casa de Dios”, reforzando la idea de que Dios sólo se encuentra en estos “espacios sagrados”, y con toda certeza manifiesto que no es así. Los templos no son “la” casa de Dios; los templos son casas de oración y lugares de celebración. Hoy, cuando la calle se convierte en espacio de búsquedas y de encuentros, la casa de Dios se traslada a la calle, porque los jóvenes están dejando los espacios tradicionales de encuentro, como la escuela, la familia, el estado y el templo, para salir a la calle en búsqueda de algo y de alguien que no han encontrado en estos lugares, y Dios sale junto con ellos.

La cosmovisión del mundo, los valores, las expectativas hacia el futuro, los sueños de los jóvenes, tenemos que aceptarlo con gran dolor, donde más se están generando, ya no es en la familia, y ahora más que nunca, cuando los papás tienen que dedicar más tiempo al trabajo y cuando existe tanta movilidad en ellas por la migración o por la separación de los padres. Ya no es la escuela. El joven ya está programado para ir a “aprender cosas” que le permitan tener un certificado que le ayude a lograr un mejor empleo en su sociedad, que pretende marginarlo. Tampoco es el Estado. Ya no existen los “priístas de hueso colorado”. Ahora la gente sigue a las personas, no a los partidos. Ni siquiera los templos, que por tantos años dieron una identidad a sus localidades, están siendo la referencia para construir una visión del mundo.

El joven ha dejado estos espacios, inducidos en gran parte, también hay que decirlo, por las estrategias del consumismo, para dirigirse hacia la calle. Recorramos nuestra localidad para ver dónde hay más movimiento, dónde se ve más vida, dónde la gente se muestra más deseosa de encontrar algo, y esa es la calle… Los jóvenes entran y salen a la calle para encontrar nuevos rumbos. Van atentos a lo que se les presenta como novedoso; caminan sin rumbo, pero buscando algo. Saben quizá que no lo puede encontrar, pero caminan como si pronto lo hallaran.

¿Por qué sale tanto la gente a la calle? ¿Por qué hay más gusto por salir a la calle que en décadas anteriores? La gente sale para ser vista… Tenemos una gran necesidad de que nos vean, nos reconozcan y nos tomen en cuenta. La manera de estructurar nuestra sociedad está siendo tan mecanizada, tan monótona, tan deshumanizante, que dejamos de mirarnos, algo tan esencial para la vida de todo ser humano. Sentimos que nuestros familiares no nos ven lo suficiente, que en la escuela no dejamos de ser uno entre cientos o miles, que en el templo pasamos tan desapercibidos, que para los partidos sólo somos un voto más; en fin, vamos perdiendo la capacidad de mirarnos como personas y por eso salimos a la calle, creyendo que así saldremos de nuestro anonimato. Y es una actitud muy válida. De alguna manera necesitamos satisfacer ese deseo básico y fundamental de ser vistos. Ya que no lo logramos en nuestros espacios tradicionales, salimos a lo que nos queda, la calle.

La calle tiene su magia. No tiene reglas tan estrictas como otros espacios. Puedo escoger entre disfrutarla de día o de noche; en el día aprovecho cualquier momento que me lo permite el trabajo para salir a comprar lo que sea, el chiste es salir un rato. O salir en la noche, cuando duermen los vigilantes de las “buenas costumbres” y me siento con mayor libertad. La calle me acerca a las plazas, los jardines o los centros comerciales, ahí donde la gente despierta. En la calle puedo expresarme tal cual soy. Puedo disfrazarme de lo que siempre quise ser o simplemente descansar un rato de las máscaras que uso para sobrevivir. En la calle siempre encontraré alguien que me mire y muy posiblemente alguien que me entienda.

La religiosidad popular puede contarnos la magia que ha encontrado en la calle. Todas sus expresiones son callejeras. Las peregrinaciones han perdurado por siglos en la historia de la humanidad y parece que son los únicos espacios que van en aumento dentro de nuestra iglesia. Los danzantes no entenderían su danza sin salir a la calle. La mirada de los otros provoca fuerza, orgullo, dignidad, etc. Es distinta la experiencia cuando danzas por las calles vacías que por las calles llenas. Un recuerdo que puede ayudarnos a entender todo esto es cuando de niños salíamos a las calles a desfilar por las avenidas principales de nuestra ciudad. Era una experiencia que producía en nosotros muchas emociones.

Los jóvenes sub-urbanos también podrían contarnos la magia que han encontrado en la calle. Los pandilleros nos podrían compartir por qué disfrutan al reunirse en las esquinas; los graffiteros porqué pintan en la calle y no en las paredes internas de su casa; los darketos  porqué se reúnen en las plazas y no en sus vecindades; los patinetos porqué gustan de practicar en los parques y no en sus patios; los afros el por qué tocan su tambores en los jardines públicos y no en sus escuelas, etc.

Los jóvenes que salen a las calles para expresar su repudio contra las políticas neoliberales, aquéllos que gritan contra Bush o Calderón, también podrían platicarnos su experiencia al salir a la calle a expresar sus ideas, para darnos cuenta que no sólo es un desahogo, sino vivir otro tipo de encuentro que no acabamos de entender, pero que seguramente les deja mucha esperanza en el corazón para seguir sorteando las dificultades de la vida cotidiana.

Algunos jóvenes piensan que la calle está siendo un reducto de libertad y diversidad ante la invasión de la propiedad privada y la imposición de un único modelo de vida que no nos acomoda. La calle es un lugar de construcción de identidad. Ahí tengo la oportunidad de encontrarme con quienes me identifico y construir mi visión del mundo. Una visión que no siempre conduce a la fraternidad y que muchas veces contagia la desilusión que paraliza las búsquedas de humanidad. Convirtiéndose la calle en un espacio de confusión.

Al ser la calle un lugar de búsqueda, se convierte en el lugar idóneo para convencer a otros. Por eso cada vez más bancos sacan a la calle a sus promotores, y las empresas se disputan los espacios de las principales avenidas para sus propagandas, pretendiendo distraer a los jóvenes de sus búsquedas más genuinas para ser convencidos por superficialidades.

Tantos jóvenes que salen a la calle para encontrarse es una Buena Noticia para quienes sentimos que no hemos encontrado a Dios o para quienes deseamos encontrarnos con Él. Al ser la calle la nueva morada de los jóvenes, se convierte en la nueva morada de Dios. Por tanto, necesitamos aprender a distinguir las búsquedas genuinas que nos han hecho salir al encuentro con el otro, en contraposición de las búsquedas superficiales que nos hacen salir para la compra de nuevos productos. La misma realidad de la calle nos urge a aprender a distinguir estas búsquedas.

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