El rostro de Cristo


Fuente: http://www.vatican.va
DanielUna de las enseñanzas fundamentales de la carta apostólica Novo millennio ineunte y de la recentísima Rosarium Virginis Mariae, atañe al íntimo e inseparable vínculo entre Jesucristo y su Cuerpo místico, que es la Iglesia, mediante el cual él prosigue, a lo largo de los siglos, su misión de salvación entre los hombres que se suceden en el tiempo. Sin duda, se trata de un tema que, por su importancia teológica y su actualidad pastoral, merece algunas reflexiones.

El hombre de hoy necesita ver el rostro de Cristo

La persona humana es “la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (Gaudium et spes, 24). “Desde su concepción está destinada a la bienaventuranza eterna” (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1703), que alcanzará su culmen en la vida futura. En definitiva, lo que Dios ha querido con la creación del hombre es que llegue a su plenitud (cf. E. Colom A. Rodríguez Luño, Scelti in Cristo per essere santi. Elementi di teologia morale fondamentale, Roma 1999, pp. 66-67). Alcanzarla es el fin último y el principio unificador de toda la existencia humana. Lo explica san Agustín con una expresión que se ha hecho célebre:  “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (Confesiones, I, 1).

Esta aspiración al bien absoluto “es considerada y vivida por el cristiano como aspiración a la santidad, entendida como plenitud de la filiación divina, que en la tierra se realiza mediante el seguimiento y la imitación de Cristo” (E. Colom A. Rodríguez Luño, o.c., p. 55). San Pablo es muy claro a este respecto:  Dios Padre “nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1, 4-5). Esta es la vocación fundamental del hombre, de todo hombre.

Por consiguiente, sólo en Cristo el hombre puede realizar su altísima vocación y cumplir así sus aspiraciones más íntimas, encontrando una respuesta adecuada a los numerosos interrogantes que surgen en su corazón.

Precisamente por eso, el hombre, y especialmente el de hoy, quiere ver a Cristo:  “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). En la carta apostólica Novo millennio ineunte, después de recordar esta petición, hecha al apóstol Felipe por unos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, el Papa subraya que “los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo “hablar” de Cristo, sino en cierto modo hacérselo “ver”” (n. 16). En efecto, sin él, y sin la plena conciencia de su vocación originaria, la vida del hombre en la tierra carece de puntos de referencia, todo se oscurece y resulta inexplicable. Para todos los tiempos valen las palabras de san Pedro:  “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68), tú tienes palabras de amor.

En realidad, “el hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor (…). El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo (…) debe acercarse a Cristo” (Redemptor hominis, 10), ver su rostro amoroso.

El rostro de Cristo en el rostro de la Iglesia

1. La constitución conciliar Lumen gentium comienza con dos afirmaciones fundamentales:  “Cristo es la luz de los pueblos. Por eso este sacrosanto Concilio, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas” (n. 1). Y el documento del Concilio prosigue poniendo de relieve el carácter sacramental de la Iglesia:  “Es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (ib.). En el capítulo sobre el pueblo de Dios, el texto vuelve a repetir el mismo concepto:  “Dios (…) fundó la Iglesia para que sea para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad que nos salva” (n. 9).

Henry de Lubac expresa de forma muy precisa esta realidad sacramental de la Iglesia diciendo que “si Cristo es el sacramento de Dios, la Iglesia es para nosotros sacramento de Cristo” (Cattolicesimo, Gli aspetti sociali del dogma, Roma 1948, p. 52). La perspectiva sacramental es, sin duda, la perspectiva teológica que permite comprender mejor no sólo el misterio cristológico, sino también el eclesiológico. En efecto, afirmar que la Iglesia es sacramento de Cristo quiere decir que tiene como único fin hacer presente y revelar a todo hombre el rostro de Cristo, “reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer que su rostro resplandezca también ante las generaciones del nuevo milenio” (Novo millennio ineunte, 16), es decir, ser “epifanía perenne” del hombre-Dios, “el ser divino y humano al mismo tiempo, en el que lo humano es instrumento y manifestación de lo divino” (J.A. Möhler, Symbolik, 36, 6, Munich 1985, p. 333).

2. ¿De qué modo la Iglesia hace presente a Cristo y revela su rostro? ¿Qué debemos responder a los hombres que, como los Magos que llegaron de Oriente a Jerusalén para adorar a Jesús, preguntan también:  “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?” (Mt 2, 2).

La Iglesia cumple la misión de hacerlo presente mediante el ejercicio de su triple munus docendi, sanctificandi et regendi.

En el munus docendi hace presente el rostro de Cristo Maestro, en cuanto que él está  presente  en  su palabra leída in Ecclesia et ab Ecclesia e interpretada por el magisterio (cf. Dei Verbum, 10; Lumen gentium, 24-25; Sacrosanctum Concilium, 7). La autoridad del magisterio se ejerce en el nombre de Jesús y está al servicio de la palabra de Dios, nunca por encima de ella (cf. Dei Verbum, 10). Es Cristo quien habla a través de la Iglesia.

En el munus sanctificandi la Iglesia hace presente y revela el rostro de Cristo sacerdote. Basta recordar un texto de la constitución Sacrosanctum Concilium:  “Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, (…) sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza” (n. 7).

Y, por último, en el ejercicio del munus regendi, la Iglesia hace presente el rostro de Cristo rey (cf. Lumen gentium, 21 y 27.Ver G. Philips, L’Église et son mystère au II Concile du Vatican T. I, ed.Desclée, París 1967, pp. 248-252 y 349-354. Sobre la relatividad y falibilidad de las medidas concretas en el gobierno de la Iglesia, véase la reflexión de Ch. Journet, Il carattere teandrico della Chiesa, en G. Baraúna, “La Chiesa del Vaticano II”, ed. Vallecchi, Florencia 1965, pp. 359-360). Este es, tal vez, el aspecto en el que el elemento humano aparece de forma más evidente, pero tratar de disminuir su importancia y relegarlo a un segundo plano significaría prácticamente un rechazo de la lex incarnationis. Por este motivo, la constitución Lumen gentium recuerda que los obispos gobiernan las Iglesias encomendadas a ellos como vicarios de Cristo y en su nombre (cf. n. 27).

En definitiva, la Iglesia está llamada a reflejar en su rostro el rostro de Cristo maestro y profeta, sacerdote y rey, para que se pueda decir de ella, con respecto a Cristo, lo que Cristo dice de sí mismo con respecto al Padre:  “Quien me ve, ve al Padre” (Flp 14, 9). Ser reflejo de Cristo y de su rostro es su misión fundamental. Los hombres tienen el derecho inalienable de poder ver en el rostro de la Iglesia el rostro de su Señor, para que, en ella y por ella, puedan verlo y contemplarlo.

A este respecto conviene hacer una precisión. La Iglesia, a la que se le ha encomendado la sublime misión de hacer presente  y revelar el rostro de Cristo a los hombres, no sólo está constituida por sus estructuras, sino también por todos los miembros del pueblo de Dios. Con la encarnación, él se ha unido en cierto modo a todo hombre (cf. Gaudium et spes, 22), pero está presente, de una manera muy particular, en cada uno de los fieles. Una presencia tan íntima y profunda, que se podría definir identificación.

Lo expresa san Agustín con su fuerza acostumbrada:  “Alegrémonos, por tanto, y demos gracias a Dios:  no sólo hemos llegado a ser cristianos, sino que hemos llegado a ser Cristo mismo. ¿Lo comprendéis, hermanos? ¿Sois conscientes de la gracia que Dios ha derramado sobre vosotros? Asombraos y alegraos:  ¡hemos llegado a ser Cristo! Si Cristo es la cabeza y nosotros los miembros, el hombre total es él y nosotros” (In Johannis evangelium tractatus, tr. 21, 8:  Nuova Biblioteca Agostiniana, XXIV, Città Nuova, 2ª ed., Roma 1985, pp. 495-497).

En efecto, el bautismo confiere a quien lo recibe una configuración con Cristo que es real ya aquí en la tierra, aunque sea imperfecta y se presente al mismo tiempo como meta por alcanzar. El cristiano lleva grabado en su corazón, de manera indeleble, el rostro de Jesús.No sólo es alter Christus, sino ipse Christus, expresión clásica, muy conocida.

Por consiguiente, la meta última de todo hombre consiste esencialmente en una plena y total identificación con Cristo, en ser un reflejo cada vez más perfecto de su rostro. Al expresarnos así, no hacemos más que referirnos a uno de los capítulos fundamentales de la teología paulina.
Hablando de la relación íntima y vital de Cristo con los que han sido regenerados en las aguas bautismales, san Pablo es muy claro y categórico. Afirma de sí mismo:  “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). Palabras que valen también para todo bautizado (cf. 2 Co 13, 5; Col 3, 4).

Esta identificación del cristiano con Cristo se ha de expresar en la vida de cada día. Está llamado a hacer presente a Cristo y manifestar a los demás su rostro con su testimonio personal. Siguen siendo actuales, a este respecto, las palabras de Pablo VI:  “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros o si escucha a los maestros es porque son testigos” (Discurso a los miembros del Consilium de laicis, 2 de octubre de 1974:  AAS 66 [1974] 568).
Y Juan Pablo II reafirma:  “Hoy la gente se fía poco de las palabras y de las declaraciones solemnes; quiere hechos. Por ello, mira con interés, con atención e incluso con admiración a los testigos. Se podría decir que la deseada mediación entre la Iglesia y el mundo moderno, para que tenga de verdad eficacia, exige testigos que sepan hacer realidad la perenne verdad del Evangelio en su propia existencia y al mismo tiempo la conviertan en instrumento de salvación para sus hermanos y hermanas” (Discurso en la presentación de un libro sobre la santidad, 15 de febrero de 1992:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de marzo de 1992, p. 4).

El rostro de Cristo en los santos y testigos de la Iglesia

1. El rostro de Cristo resplandece con luz más intensa en los santos y testigos de la fe, puesto que en ellos, en virtud de su docilidad al Espíritu, se ha hecho más nítida la identificación con Jesús recibida en el bautismo:  han llegado a ser, por decirlo así, más ipse Christus en la participación en su vida y en su misión.

Pero el rostro de Cristo que se refleja en los santos, y que ellos han mostrado al mundo, es el del Señor muerto y resucitado, del que habla el Papa en la Novo millennio ineunte. Al respecto dice:  “Como en el Viernes y en el Sábado santo, la Iglesia permanece en la contemplación de este rostro ensangrentado, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. Pero esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe (cf. 1 Co 15, 14). (…) La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. (…) En el rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría. “Dulcis Iesu memoria, dans vera cordis gaudia“” (n. 28).

Es precisamente lo que han hecho los santos. En la variedad de sus carismas y en la pluralidad de sus vocaciones, han tenido la humilde audacia de fijar su mirada en el rostro de Cristo resucitado, viviendo su radicalismo evangélico como una fascinante aventura del Espíritu. Han alcanzado las más altas metas de la santidad, contemplándolo con amor.

Esta es, ciertamente, la tarea fundamental de todo cristiano. Está llamado a ser, ante todo y sobre todo, un contemplador del rostro de Cristo. Lo subraya con vigor Juan Pablo II en su recentísima carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, firmada, como se sabe, en la plaza de San Pedro durante la audiencia general del pasado 16 de octubre. En ella el Papa es sumamente claro y categórico:  “Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre es la tarea de todos los discípulos de Cristo; por tanto, es también la nuestra” (n. 9). Los santos son los que han comprendido a fondo, y han vivido con más intensidad, esa tarea como una auténtica exigencia de su bautismo. Han sido los contempladores por excelencia del rostro del Señor crucificado y resucitado.

Y, contemplando el rostro de Cristo, se han abierto “a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo” (ib.).
Al actuar así, los santos han hecho que se cumplieran en ellos las palabras de san Pablo:  “Reflejando como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más:  así es como actúa el Señor, que es Espíritu” (2 Co 3, 18; cf. Rosarium Virginis Mariae, 9).

2. Al contemplar el rostro de Cristo, los santos y los testigos de la fe no han hecho más que imitar a la Virgen María, que es el modelo más perfecto de contemplación del rostro del Señor. Lo recuerda, reafirmándolo con fuerza, el Papa en la citada carta apostólica sobre el rosario:  “El rostro del Hijo le pertenece (a María) de un modo especial. (…) Su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo. (…) Será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo al pie de la cruz. (…) En la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardiente por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14). María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras:  “Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19; cf. 2, 51)” (nn. 10-11).

Esto es precisamente lo que, con la ayuda de la gracia, han tratado de hacer los santos y los testigos de la fe:  contemplar el rostro límpido y luminoso de Cristo, y hacer que resplandezca ante los hombres de su tiempo. Lo han hecho con su testimonio personal, y muy a menudo con el sacrificio de su vida, que, para el cristiano, siempre es el testimonio supremo de su fe en el Señor resucitado.

3. Por eso, precisamente, los santos siempre fueron en realidad, como destaca el Papa, los auténticos constructores de la historia humana. “La verdadera historia de la humanidad está constituida por la historia de la santidad. (…) Todos los santos y los beatos son testigos, es decir, personas que, confesando a Cristo, su persona y su doctrina, han dado consistencia y expresión creíble a una de las notas esenciales de la Iglesia, que es precisamente la santidad. Sin ese continuo testimonio, la misma doctrina religiosa y moral, predicada por la Iglesia, correría el peligro de confundirse con una ideología puramente humana. Y es, en cambio, doctrina de vida, o sea, aplicable y transferible a la propia existencia:  doctrina que debe hacerse vida, a ejemplo de Jesús mismo, que proclama:  “Yo soy la vida” (Jn 14, 8) y afirma que vino para dar esta vida y darla en abundancia (cf. Jn 10, 10). La santidad, no como ideal teórico, sino como camino que hay que recorrer en el fiel seguimiento de Cristo, es una exigencia especialmente urgente en nuestros tiempos” (Discurso en la presentación de un libro sobre la santidad, 15 de febrero de 1992:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de marzo de 1992, p. 4).

Para el Papa Juan Pablo II, señalar la santidad a los fieles es, hoy más que nunca, una urgencia de la acción pastoral de la Iglesia (cf. Novo millennio ineunte, 30-31).

Sí. De lo que más tienen necesidad la Iglesia y el mundo es de santos. De santos que, después de “haber visto” el rostro de Cristo, considerado en sus rasgos históricos y en su misterio inefable, den testimonio de él (cf. Jn 19, 35). Es decir, de santos que vivan con absoluta coherencia el radicalismo evangélico y las virtudes propias del cristiano.

“Nos esforzamos mucho -afirma un ilustre prelado italiano- por ir tras la gente para hablar de Jesucristo. En cambio, sería necesario invertir el rumbo, haciéndonos santos; entonces será la gente la que vendrá a buscarnos. Lo hemos visto muchas veces también nosotros, por ejemplo, en los casos del padre Pío de Pietrelcina, la madre Teresa de Calcuta, el Papa Juan XXIII (…) ¡Cuánta gente se interesaba por ellos! Los amaba, los seguía, y lo que los impulsaba a buscarlos no era una curiosidad morbosa, (…) sino el hecho de que en ellos se veían los signos de la presencia y del amor de Jesús a través de la oración, la mansedumbre, la disponibilidad, la ayuda a los necesitados y el amor a la Iglesia” (G. Chiaretti, arzobispo de Perusa:  Carta pastoral con ocasión de la Cuaresma de 2001).

La santidad de los cristianos, como dice el filósofo Jacques Maritain, es la vía para demostrar a los incrédulos la existencia de un Dios amoroso y misericordioso, es el único Evangelio que el hombre contemporáneo sabe leer, escuchar y comprender. “Es con la santidad de vida -escribe el mismo prelado- como el cristiano resulta “interesante” incluso para una opinión pública distraída. Interesante no porque haga milagros (…), sino porque tiene el valor de ir contra corriente, no se avergüenza de su fe, más aún, habla de ella con alegría y entusiasmo, es coherente en todas sus opciones, y afronta con valentía la marginación social a la que puede ser condenado, perdonando y amando a quien lo crucifica” (ib.).

Juan Pablo II, en la Novo millennio ineunte, dice que, confortada por la experiencia del rostro del Señor resucitado, la Iglesia reanuda hoy, con renovada esperanza, su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio. Este es el camino que han seguido siempre los santos y los testigos de la fe. Y este es también el camino que todos estamos llamados a seguir para vivir en plenitud el misterio pascual del Señor resucitado y dar a conocer su rostro resplandeciente a los hombres de nuestro tiempo. En esto consiste esencialmente la santidad cristiana:  ser reflejo de la santidad de Dios que resplandece en el rostro de Cristo. Este es nuestro compromiso, como subraya el cardenal Newman en una de sus elevaciones:  “Permanece conmigo, y yo comenzaré a resplandecer como tú resplandeces; a brillar hasta ser luz para los demás. Toda la luz, oh Jesús, vendrá de ti:  nada será mérito mío. Tú serás quien brille, a través de mí, ante los demás. (…) Haz que te anuncie no con las palabras, sino con el ejemplo, con la fuerza de atracción, con la influencia solidaria que procede de lo que hago, con mi semejanza visible a tus santos, y con la clara plenitud del amor que mi corazón alberga por ti”.

Card. José SARAIVA M., c.m.f

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