¿El infierno es una Hipotesis?


¿El infierno es una Hipotesis?

Alberto. OP
Sigueme. @gatosentado

http://ordenseglardominica.blogspot.com

Hace unos dias escuche a un Teologo decir que el infierno es una Hipotesis, lo cual ya en si, es ya una herejia material( si gustan decirle asi), pero lo que es es, un error. Si la Fe es tener la certeza de lo que no se puede ver, es decir saber con todo, que lo que creo es verdad (obvio que aqui la Gracia forma parte medular) y en esto se fundamenta un dogma, decir que unaVerdad de Fe es una hipotesis hecha por tierra mi certeza y la convierte en una gran duda… esto es un grave error.

Veamos algunas definiciones:

Hipotesis

. (Del lat. hypothĕsis, y este del gr. ὑπόθεσις).

* f. Suposición de algo posible o imposible para sacar de ello una consecuencia. ~ de trabajo.

* f. La que se establece provisionalmente como base de una investigación que puede confirmar o negar la validez de aquella.

Dogma según el diccionario de la lengua española:
1. Proposición que se asienta por firme y cierta y como principio innegable de una ciencia.
2. Doctrina de Dios revelada por Jesucristo a los hombres y testificada por la Iglesia.
3. Fundamento o puntos capitales de todo sistema, ciencia, doctrina o religión.

En el Catesismo se nos dice claramente:

Los dogmas de la fe

88 El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe, verdades contenidas en la Revelación divina o también cuando propone de manera definitiva verdades que tienen con ellas un vínculo necesario.

89 Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida espiritual y los dogmas. Los dogmas son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro. De modo inverso, si nuestra vida es recta, nuestra inteligencia y nuestro corazón estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de la fe (cf. Jn 8,31-32).

90 Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas pueden ser hallados en el conjunto de la Revelación del Misterio de Cristo (cf. Cc. Vaticano I: DS 3016: “nexus mysteriorum”; LG 25). “Existe un orden o `jerarquía’ de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana” (UR 11).

Los dogmas son aquellas doctrinas que la Iglesia propone para ser creídas como formalmente reveladas por Dios. Los dogmas pertenecen al depósito de la fe de una manera irreversible.

Una doctrina se reconoce como dogma por una de las siguientes razones:

1- Ha sido solemnemente definida como tal por el Magisterio de la iglesia. Esto puede ocurrir en un Concilio Ecuménico o por un pronunciamiento ex cathedra del Papa. (Ejemplo: La Inmaculada Concepción de María)
2- Ha sido enseñada como tal por la Tradición invariable de la Iglesia y no requiere ser proclamada dogmáticamente. (Ejemplo: La condena al aborto)

Negar algún dogma significa negar la misma fe, pues supone negar la autoridad de Dios, que lo ha revelado.

Ya cuando entramos en decir que el infierno (una VERDAD DE FE o DOGMA) es una hipotesis, entramos en el desconocimiento de la Verdad, caemos en el error pleno al dudar, al poner en duda la Verdad…

El papa Benedicto XVI ha asegurado que el infierno existe. En 2007 ya mencionó la existencia del infierno como lugar, El Papa, durante un encuentro mantenido con párrocos romanos, ha mandado un mensaje a los fieles de que la salvación no es inmediata ni llegará para todos, destacando la posibilidad de que se puede ir al infierno.

Uno de los párrocos asistentes, el teólogo suizo Urs Von Baltasar, buen amigo de Benedicto XVI, planteó la hipótesis de que el infierno estuviese vacío. Pero el Papa fue categórico en su respuesta sobre el castigo eterno, ya que además de no estar vacío “el infierno existe y es eterno”.

El Papa ha querido dejar claro sobre estos temas que la salvación no está garantizada. Por eso ha dicho que serán muchos los que tengan que purificarse para afrontar el Juicio Final.

¿Entonces si el Papa Cabeza Visible de la Iglesia y Vicario de Cristo saca de la Tradicion de la Iglesia y de la Escritura esta afirmacion a modo de enseñanza para la Iglesia como podriamos decir que Infierno es una “hipotesis”? Esto es pues una contradiccion hacia el Magisterio de la Iglesia.

La Iglesia no se encuentra supeditada a las reflexiones particulares de unos pocos, la Iglesia tiene una base solida, un fundamento, tiene entre otras cosas, un sustento fidedigno en el magisterio de la Iglesia, no es que la Iglesia sea cuadrada como muchos dicen, o que sea indiferente a las realidades propias del hombre, simplemente la Iglesia esta primero que nada al servicio de DIOS, que obviamente se vera glorificado en el servicio que se da al hombre, pero primero es EL, y las verdades de Fe tienden a esto, a hacer camino seguro hacia la santidad… no se puede poner en tela de juicio lo que la Iglesia enseña en su caracter de “Precioso deposito de la Fe” como dice San Pablo, de lo contrario estamos poniendo en tela de Juicio lo que Cristo mismo como Cabeza del Cuerpo mistico que es la Iglesia ha enseñado y ha dejado por medio de su doctrina. Si creemos que el Espiritu Santo reviste al ministerio Petrino de la Infalibilidad y por otro lado negamos una Verdad de Fe, entonces estamos en un franco error…

La Iglesia es una Barca con un timon seguro, que si se deja golpear por vientos de relativismo y demas, es para sacar en ello lo mejor que tenemos y que servira para Gloria de Dios.

Hoy en dia Teologos y varios mas creen que para Evangelizar hace falta atenuar las verdades de Fe, relajar lo terrible de la Verdad y tratar al Cristiano como un niño bobo, carente de discernimiento, cuando lo que hace falta es hacer enfasis precisamente en la Verdad, clarificar por medio de la Enseñanza lo que el dogma es, si el dogma se ha convertido en “enemiga” de las “ansias e inovaciones” evangelizadoras de algunos es por que asi lo han enseñado a los demas, por que con el discurso “primaveril” (en una incorrecta interpretacion del Concilio Vaticano II)  del CVII pretenden transformar a la verdad misma en un terreno al gusto y eso simplemente es alejarse de la Enseñanza de la Iglesia, no estamos aqui para hacer una Iglesia a nuestro gusto, si no para preservar el precioso deposito de la Fe, un cura no es si no un Administrador de algo que no le pertence, si no que es del dueño que confiado lo ha puesto en sus manos, para establecer un Ministerio confiable.

No,  la Reforma de la Iglesia no va por ahi, va por el camino de la Ortodoxia, de la recta manera de entender que lo dado en la Tradicion Apostolica es justo lo que el hombre necesita, claro entendiendo que el Reino de Dios es como un baul de donde se sacan cosas nuevas y antiguas de donde brota la permanente juventud de la Santa Iglesia… pero no es desfigurando la Verdad como esto se lleva a cabo, es el Espiritu Santo quien guia realmente.

Negar una Realidad como el Infierno es grave, no por que el Catolico se goze en entender esa triste verdad, si no por que nos invita a ser mejores y a evitar ser presa de aquello que nos aparta de Dios, precisamente esa negacion de un “Novisimo” es lo que tanto a relajado la Vida Cristiana hoy en dia… ese temor del cura a perder parroquianos por “asustarlos” (como si los fieles fuesemos niños atarantados) mas les agradeceriamos enseñarnos la Verdad, ser fieles ministros de la Verdad y no intentar hacer dosis aptas para gente sin inteligencia.

Predicar un amor alejado de la Justicia de Dios, es predicar en parte el Pelagianismo y el Marcionismo mas descarados, pero version moderna… el Papa Bendicto XVI nos recuerda en su enciclica “Caritas in veritate” que el amor de Dios no se desliga de la Justicia Divina…

Ya basta de esa predicacion pseudo hippie, de esas ideas de la “teologia de la liberacion” que no hacen mas que alejarse de la Verdad Evangelica, ser parte con los pobres (y pobres en todo sentido, material y espiritual) no es andar roñoson y guarachudo, no es jugar al “soy como tu” si no tomar cada quien nuestra parte en las promesas Evangelicas con toda la dignidad de los Hijos de Dios… ¿que diantres es eso de jugar al pseudocomunista “catolico”? eso no es mas que una ensalada que en nada se parece al Evangelio y que conste que si criticamos al cura “rojillo” hay criticar tambien al Clerigo que se enriquece con los dones de la Casa de Dios…

Basta de “teologias” acomodaticias que solo enferman a la Iglesia y dañan a las Almas, estamos aqui para hacer lo posible por la “SALVACION DE LA ALMAS” no para destruirlas en nombre de nuestras propias Ilusiones y ensueños que contradicen incluso lo que Cristo enseño y lo que Dios sigue mostrando en su Iglesia… Obediencia Señores Teologos, humildad, Caridad y coherencia con la Tradicion Apostolica, ESO nos hace falta…

Pero volvemos a nuestro tema, recordemos varias cosas:

Si hay un peligro mortal ante nosotros, el amor exige que quienes lo saben alerten a todos cuanto antes. El infierno es no solo un peligro mortal sino también eterno. Es en realidad la desgracia total y definitiva que nos puede ocurrir. “El que desprecia el infierno o lo olvida, no escapará de él.” -San Juan Crisóstomo.

Dios es amor. “(Dios) quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” ( 2 P. 3,9). Por ese amor infinito envió a su único Hijo, Quien se hizo hombre y murió por nuestra salvación. Pero si no nos convertimos a El en el tiempo limitado que tenemos en la tierra, si nos obstinamos en seguir viviendo en pecado mortal, entonces iremos al infierno. No podremos culpar a Dios. El ya lo hizo nos abrió las puertas del cielo. Pero no nos forzará a entrar.

Los que niegan el infierno no conocen la Palabra de Dios. Se dejan llevar por un mundo que se burla u opta por ignorar las realidades más importantes. Pero les ocurrirá como a los compatriotas de Noé que se reían mientras el construía el arca para sobrevivir el diluvio. Todos los que se burlan también morirán y no podrán escapar la realidad.

El Catesismo dice claramente:

IV. El infierno

1033 Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: “Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él” (1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”.

1034 Jesús habla con frecuencia de la “gehenna” y del “fuego que nunca se apaga” (cf. MtMc 9,43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que “enviará a sus ángeles […] que recogerán a todos los autores de iniquidad, y los arrojarán al horno ardiendo” (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:” ¡Alejaos de mí malditos al fuego eterno!” (Mt 25, 41). 5,22.29; 13,42.50;

1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno” (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran” (Mt 7, 13-14):

«Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Para que así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos manden ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde “habrá llanto y rechinar de dientes”» (LG 48).

1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que “quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2 P 3, 9):

«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (Plegaria eucarística I o Canon Romano, 88: Misal Romano)

Jesucristo habló claramente del infierno.

En el Nuevo Testamento se le llama “gehenna”:

Mateo 5:22 Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.

Mateo 5:29 Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna.

Mateo 10:28 «Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna.

Mateo 23:33 «¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna?

Santiago 3:6 Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos.

¿Podremos decir que el Infierno es solo una Hipotesis? NO.

Según la fe cristiana, la historia de la humanidad no tiene dos fines sino solamente uno que es la salvación; la salvación es por lo tanto el objeto propio de la Escatología.

Mientras que el triunfo de Cristo y de los suyos es una certeza de fe absoluta de la historia y de la comunidad humanas, la condenación es una posibilidad factible solamente en casos particulares; de hecho, una de las más fuertes convicciones del Antiguo Testamento es la bondad de Dios y de sus obras, por eso el Génesis dice, “Dios vio que era bueno todo cuanto había hecho…” (Gn 1); y el libro de Sabiduría “…no fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes” (1,13); y en el profeta Ezequiel, que “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (18,23).

El Nuevo Testamento define a Dios como Amor (1 Jn 4,8) y sabe que quiere que todos los hombres se salven y conozcan la verdad (1 Tim 4,8), que no quiere que alguien perezca sino que todos se conviertan (2 Pe 3,9). Además, las parábolas del perdón, del hijo pródigo, del fariseo y el publicano, de la dracma y de la oveja perdidas, son otras tantas expresiones plás-ticas de que Dios quiere la vida del pecador y busca su salvación. Jesucristo mismo en el cuarto evangelio se presenta como el Salvador (Jn 3,17; 12,46-47).

La muerte eterna, en la Sagrada Escritura.

La Sagrada Escritura contempla otra posibilidad, la de que el hombre fracase en su destino de alcanzar la salvación y se hunda en un horror que sobrepasa todo lo imaginado: la condenación.

1.- En el Antiguo Testamento.

El Antiguo Testamento no tenía todavía idea de la salvación porque aún no se había dado la encarnación del Salvador. Para los antiguos judíos, el premio destinado a los justos por su cumplimiento de la Ley sería recibido en el transcurso de su vida humana. Sí existía el concepto de una vida después de la muerte, de un sobrevivir a la muerte, pero sin hacer referencia a la salvación ni la condenación eterna, sino solamente suponiendo la existencia de un lugar en donde transcurriría esa segunda vida tanto para los justos como para los impíos; este lugar era el Seol, o lugar de los muertos.

El antecedente más cercano a esta palabra Seol es shoal, que significa “ser profundo”. El Seol, en efecto, a semejanza del hades griego o del arallu sirio-babilónico, era un mundo subterráneo al cual debían descender los que iban a él (Gn 37,35; Num 16,30-33), de suerte que a los muertos se les designaba frecuentemente como “los que bajan a la fosa” (Sal 28,1; 30,4; 88,5), y se le ubicaba en lo más profundo del abismo (Sal 63,10; 86,13; 88,7).

El Seol estaba en el extremo opuesto al cielo, lo más lejos posible de la morada de Dios; entre Dios y los muertos se interponía una distancia insalvable, pero además el regreso al mundo de los vivos resultaba imposible para los muertos, pues el Seol era el lugar sin retorno (Job 7,9-10; 10,21; 16,22). El Seol era, pues, el lugar de todos los muertos, fueran pequeños o grandes, esclavos o señores, necios o sabios, reyes o súbditos, justos o pecadores.

Si la situación de los habitantes del Seol se consideraba siempre penosa, hasta el grado de que algunos textos lo llaman “lugar de perdición” (Sal 88,12; Job 26,6; 28,22), ello se debe no tanto a una disposición de la justicia distributiva como a la concepción bíblica de la vida y la muerte. Conforme al Antiguo Testamento, la vida terrena debía ser considerada como un bien precioso porque el hombre es un “ser en el mundo” y Dios es quien se la ha otorgado como un don. La muerte en sí se consideraba como un mal porque privaba al hombre de ese don de Dios. De cualquier forma, la muerte era un mal, algo no deseado, por eso para los judíos del Antiguo Testamento la retribución por el comportamiento de una persona tenía que pensarse en términos de premio o castigo recibidos durante el transcurso de su vida.

La realidad del castigo eterno o de la muerte eterna se insinúan ya desde los Salmos del Antiguo Testamento, en los que el Seol comienza a delinearse como la morada de los impíos. Posteriormente el texto del tercer Isaías describió a los pecadores como cadáveres yacentes fuera de la Jerusalén escatológica, perpetuamente atormentados por el gusano y el fuego (Is 66,24) Esa descipción constituye el antecedente más cercano de las imágenes del infierno contenidas en el Nuevo Testamento (la gehenna). Daniel 12,2 se refiere a un “oprobio” u “horror eterno”, y el libro de la Sabiduría contiene un largo pasaje sobre el destino de los impíos (5,14-23).

2.- En el Nuevo Testamento.

a).- Formulación negativa.

En el Nuevo Testamento la condenación eterna se encuentra formulada con una serie de expresiones que significan, dentro de su variabilidad, la negación de aquella comunión con Dios que constituye la bienaventuranza de los muertos. Se habla de perder la vida en Mc. 8,35; de que los pecadores son echados fuera de la mesa del banquete en Lc 13,28-29); de que las vírgenes necias quedan fuera del convite de bodas (Mt 25,10-12). Pablo habla de no heredar el Reino (1 Cor 6,9-10) y el apóstol Juan de no ver la Vida (3,6). Todas estas fórmulas tienen en común que presentan al estado de condenación como la exclusión del acceso a la compañía de Dios en la que los hombres alcanzan la vida eterna. En estas expresiones el infierno es presentado como lo opuesto a la gloria.

Es evidente que este estado de la muerte es tan definitivo e irrevocable como el de la vida eterna. El calificativo de “eterno” tiene la misma significación cuando se aplica a la salvación que cuando se refiere a la condenación del finado.

b).- Formulación positiva.

Además de las expresiones negativas que acabamos de ver, el Nuevo Testamento se refiere a la muerte eterna con numerosas descripciones expresadas en términos positivos. Se habla así de la “gehenna del fuego” (Mc 18,9), del “horno de fuego” (Mt 13,50); del “fuego que no se apaga” (Mc 9,43.48); del “llanto y rechinar de dientes” (Mt 13,42); del “fuego que arde con azufre” (Ap 19,20), etc.

La preponderancia de la imagen del fuego se explica mejor en el ambiente palestino, donde el destino final de la basura y de las cosas inservibles era el fuego; así por ejemplo, el árbol que no da fruto será echado al fuego (Mt 3,10); lo mismo sucederá con la paja, una vez que haya sido separada del trigo (Mt 3,12); pero para nosotros el significado más obvio de que alguien sea echado al fuego es que las quemaduras que reciba le produzcan un dolor sumamente agudo y penetrante.

c).- Ambas formulaciones juntas.

No hay razones exegéticas para diferenciar el significado de una y otra serie de textos; se trata en ambas series de lo mismo, de la muerte eterna, aunque expresada con diferentes recursos de estilo. En unos se la describe como exclusión de la compañía de Dios, en los otros se prefiere resaltar el dolor intenso que tal exclusión produce en el condenado.

La muerte eterna según la Tradición y el Magisterio.

1.- Durante los siglos del I al III.

Los textos de los primeros años se limitan a seguir de cerca los temas más conocidos del Nuevo Testamento: “No os hagáis ilusiones, hermanos míos, los que corrompen una familia no heredarán el Reino de Dios; el corruptor de la fe irá al fuego inextinguible” (Ignacio de Antioquía a los Efesios 16,1-2). San Justino presentó al infierno como la más eficaz contribución de la fe cristiana a la juscitia humana, a la convivencia pacífica y al orden social, ya que la doctrina sobre el infierno hace que no queden impunes los crímenes de los malvados (Apo Y,12; II,9).

El consenso general de la era Patrística se rompe con Orígenes. Este teólogo de Alejandría se apartó en dos puntos de lo que venía siendo la interpretación generalizada del dato revelado. En primer lugar Orígenes puso en duda el carácter eterno de la condenación al opinar que los textos de la Sagrada Escritura sobre la muerte eterna cumplen con una función conminatoria, pero que las penas eternas son en realidad temporales y medicinales. Orígenes sostenía la doctrina de la apocastatasis o restauración universal de todos los seres, según la cual al final de los tiempos todos serán redimidos, aún los peores pecadores y los mismos demonios o ángeles caídos, porque hay un tiempo de purificación o de restauración en el infierno pero al final todos los seres participarán de la salvación de Jesucristo. No existe por lo tanto el castigo eterno para Orígenes (ver Peri Arkon I,3; I,6;; 3,6.6), pero su doctrina fue condenada por la Iglesia en el sínodo de Endemousa el año 543 (Dz 211 canon 9) en los siguientes términos: “Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, sea anatema“.

Es importante hacer notar que el mismo Orígenes confesaba que “todas estas cosas las trato con gran temor y cautela, más teniéndolas por discutibles y revisables que estable-ciéndolas como ciertas y definitivas” (P. Arkon I,6.1). El mismo Orígenes estaba consciente de que sobre este punto la Iglesia no se había pronunciado, y él solamente pretendía sugerir una hipótesis explicativa de aspectos de la doctrina cristiana que aún no estaban definidos en su tiempo; así lo asentó en el prólogo de su obra. Años después de la muerte de Orígenes san Jerónimo tradujo su obra del griego al latín, y al hacerlo omitió el prólogo en que el autor había establecido su posición, y esta omisión no permitió a la posteridad hacer un juicio correcto sobre la doctrina del teólogo alejandrino.

Otro punto importante del pensamiento de Orígenes es el relativo al fuego del infierno. Orígenes se opone a que se acepte literalmente el significado de la pena del fuego que menciona la Sagrada Escritura, y dice lo siguiente: “¿Qué significa la pena del fuego eterno?… todo pecador enciende para sí mismo la llama del propio fuego. No que sea inmerso en un fuego encendido por otros y existente antes de él, sino que el alimento y materia de ese fuego son nuestros pecados… Así, el fuego infernal de la Escritura es símbolo del tormento interior del condenado, afligido por su propia deformidad y desorden“.

2.- Formulación dogmática sobre el infierno.

Mientras que la doctrina sobre la vida eterna fue uno de los primeros artículos tratados por los documentos del Magisterio de la Iglesia, la doctrina sobre el infierno no apareció en los primeros símbolos de la fe, sino que se desarrolló posteriormente. La primera primera afirma-ción dogmática sobre su existencia se encuentra en el “Quicumque”, el cual es un documento redactado a fines del siglo V también conocido como “Símbolo Atanasiano” ; en él dice: “… y dar cuenta de sus propios actos, y los que obraron bien irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno“.

El Cuarto concilio de Letrán, celebrado en el año 1215, emitió una profesión de fe contra la herejía albingense en estos términos: “… para recibir según sus obras, ora fueren malas, ora buenas; aquellos, con el diablo, castigo eterno, y éstos, con Cristo, gloria sempiterna” (Dz 428). Esta declaración la hizo el concilio en contra de una doctrina que no admitía otro estado de purificación que el de la encarnación, y al respecto decían sus seguidores que las almas de los pecadores sufrirían tantas encarnaciones como fueran necesarias para librarse de sus culpas.

Un siglo después, en el año 1336, la constitución dogmática Benedictus Deus del Papa Benedicto XII luego de exponer en detalle lo concerniente a la visión de Dios, dijo: “las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentadas con penas infernales, y no obstante, en el día del Juicio todos los hombres comparecerán con sus cuerpos ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus propios actos…” (Dz 531). Tomando en cuenta que en un contexto anterior se había definido la vida eterna como visión inmediata de Dios, es lícito suponer que las “penas infernales” a que se refiere esta constitución consisten fundamentalmente en el completo y definitivo distanciamiento de Dios.

La constitución Lumen Gentium del concilio Vaticano II ha tocado el tema del infierno transcribiendo diversos textos del Nuevo Testamento, como los siguientes: “es necesario… que velemos constantemente para que… no se nos mande, como a siervos malos y perezosos (Mt 25,26), ir al fuego eterno (Mt 25,41), a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes (Mt 22,13; 25,30). Al fin del mundo saldrán…los que obraron el mal para la resurrección (Jn 5,29)” (LG 46).

Reflexiones teológicas.

1.- El infierno, creación del hombre.

El infierno no es creación de Dios porque la voluntad divina no puede crear ni querer el pecado, ni su fruto que es la muerte eterna; creer otra cosa equivaldría a pensar que el hombre estaba predestinado por Dios para condenarse. La Iglesia ha rechazado la doctrina de la predestinación cuantas veces ha aparecido en la historia; desde el siglo V con Lúcido hasta el calvinismo y el jansenismo del siglo XVII.

Si la Iglesia ha considerado herética la doctrina que atribuye a Dios la voluntad de condenar al hombre, habrá que buscar en el hombre la causa por la que existe el infierno; por eso en Jn 3,17ss. se habla de que la muerte eterna brota de las profundidades de la opción humana, de modo que el juicio de condenación será más bien autojuicio.

Para que el infierno exista no es necesario que Dios lo haya querido, basta con que el hombre libre y conscientemente haya optado por una vida sin Dios.

2.- El infierno nos enseña la libre responsabilidad del hombre.

El examen de la doctrina del infierno contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia confirma lo dicho al principio de este tema: el único fin de la historia humana es la salvación, siendo esta por consiguiente el objetivo propio de la Escatología.

Quien compare la promesa del cielo con la amenaza del infierno como si ambas opcio-nes, la vida y la muerte eternas, gozaran de los mismos privilegios en el ámbito de la fe cristiana, estaría deformando el sentido del Evangelio. Por eso es que aunque en muchas ocasiones la Iglesia ha sancionado con su autoridad el testimonio de salvación definitiva de sus fieles, jamás ha asegurado que una sola persona se haya condenado. Esto, sin embargo, tam-poco significa que la Iglesia crea que todos han de salvarse, pues como vimos anteriormente condenó la doctrina de Orígenes porque vió que adolecía de una grave ambigüedad, al proponer la salvación generalizada haciendo una extrapolación del dato revelado sobre la salvación; y es que la Iglesia sabe que la salvación eterna está prometida a la humanidad como a un todo, pero no necesariamente tiene que ser concedida a todos y cada uno de sus miembros.

La Iglesia también condenó la doctrina propuesta por Orígenes porque menoscaba la libertad humana. En efecto, si la condenación eterna no existiera, tampoco existiría la libertad humana para escoger entre la salvación de vivir al lado de Dios y la condenación de permanecer eternamente alejado de él.

EL INFIERNO
Tomado de Manual de Teología Dogmática

por Ludwig Ott

I. La Realidad del infierno

Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal van al infierno (de fe).

El infierno es un lugar y estado de eterna desdicha en que se hallan las almas de los réprobos. La existencia del infierno fue impugnada por diversas sectas, que suponían la total aniquilación de los impíos después de su muerte o del juicio universal. También la negaron todos los adversarios de la inmortalidad personal (materialismo).

El símbolo Quicumque confiesa: «Y los que (obraron) mal irán al fuego eterno»; Dz 40. El Papa Benedicto XII declaró en su constitución dogmática Benedictus Deus: «Según la común ordenación de Dios, las almas de los que mueren en pecado mortal, inmediatamente después de la muerte, bajan al infierno, donde son atormentadas con suplicios infernales»; Dz 531 ; cf. Dz 429, 464, 693, 835, 840.

El Antiguo Testamento no habla con claridad sobre el castigo de los impíos, sino en sus libros más recientes. Según Dan 12, 2, los impíos resucitarán para «eterna vergüenza y oprobio». Según Judith 16, 20s, el Señor, el Omnipotente, tomará venganza de los enemigos de Israel y los afligirá en el día del juicio: «El Señor omnipotente los castigará en el día del juicio, dando al fuego y a los gusanos sus carnes, para que se abrasen y lo sientan para siempre»; cf. Is 66, 24. Según Sap 4, 19, los impíos «serán entre los muertos en el oprobio sempiterno», «serán sumergidos en el dolor y perecerá su memoria»cf. 3, 10; 6, 5 ss.

Jesús amenaza a los pecadores con el castigo del infierno. Le llama gehenna (Mt 5, 29 s; 10, 28; 23, 15 y 33; Mc 9, 43, 45 y 47), gehenna de fuego (Mt 5, 22; 18, 9), gehenna donde el gusano no muere ni el fuego se extingue (Mc 9, 46 s), fuego eterno (Mt 25, 41), fuego inextinguible (Mt 3, 12; Mc 9, 42), horno de fuego (Mt 13,42 y 50), suplicio eterno (Mt 25, 46). Allí hay tinieblas (Mt 8, 12; 22, 13; 25, 30), aullidos y rechinar de dientes (Mt 13, 42 y 50;24, 51 ; Lc 13, 28).

San Pablo da el siguiente testimonio: «Esos [los que no conocen a Dios ni obedecen el Evangelio] serán castigados a eterna ruina, lejos de la faz del Señor y de la gloria de su poder» (2 Tes 1, 9; cf. Rom 2, 6-9; Heb 10, 26-31). Según Ap 21, 8, los impíos «tendrán su parte en el estanque que arde con fuego y azufre»; allí serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (20, 10; cf. 2 Pe 2, 6; 7).

Los Padres dan testimonio unánime de la realidad del infierno.

Según SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA, todo aquel que «por su pésima doctrina corrompiere la fe de Dios por la cual fue crucificado Jesucristo, irá al fuego inextinguible, él y los que le escuchan» (Ef 16, 2).

SAN JUSTINO fundamenta el castigo del infierno en la idea de la justicia divina, la cual no deja impune a los transgresores de la ley (Apol. II 9); cf. Apol. I 8, 4; 21, 6; 28, 1; Martyrium Polycarpi 2, 3; 11, 2; San Ireneo, Adv. Haer. iv, 28, 2.

II. Naturaleza del suplicio del infierno

La escolástica distingue dos elementos en el suplicio del infierno: la pena de daño (suplicio de privación) y la pena de sentido (suplicio para los sentidos). La primera corresponde al apartamiento voluntario de Dios que se realiza por el pecado mortal; la otra, a la conversión desordenada a la criatura.

La pena de daño, que constituye propiamente la esencia del castigo del infierno, consiste en verse privado de la visión beatífica de Dios; cf. Mt 25, 41 : «¡Apartaos de mí, malditos!»; Mt 25, 12: «No os conozco»; 1 Cor 6, 9: «¿ No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios?»; Lc 13, 27; 14, 24; Ap 22, 15; (San Agustín, Enchir, 112).

La pena de sentido consiste en los tormentos causados externamente por medios sensibles (es llamada también pena positiva del infierno). La Sagrada Escritura habla con frecuencia del fuego del infierno, al que son arrojados los condenados; designa al infierno como un lugar donde reinan los alaridos y el crujir de dientes… imagen del dolor y la desesperación.

El fuego del infierno fue entendido en sentido metafórico por algunos padres (como Orígenes y San Gregorio Niseno) y algunos teólogos posteriores, los cuales interpretaban la expresión «fuego» como imagen de los dolores puramente espirituales, -sobre todo, del remordimiento de la conciencia- que experimentan los condenados. El magisterio de la Iglesia no ha condenado esta sentencia, pero la mayor parte de los padres, los escolásticos y casi todos los teólogos modernos suponen la existencia de un fuego físico o agente de orden material, aunque insisten en que su naturaleza es distinta de la del fuego actual.

La acción del fuego físico sobre seres puramente espirituales la explica SANTO TOMÁS -siguiendo el ejemplo de San Agustín y San Gregorio Magno – como sujeción de los espíritus al fuego material, que es instrumento de la justicia divina. Los espíritus quedan sujetos de esta manera a la materia, no disponiendo de libre movimiento; Suppl. 70, 3.

III. Propiedades del infierno

A. Eternidad

Las penas del infierno duran toda la eternidad (dogma de fe).

El Concilio IV de Letrán (1215) declaró: «Aquellos [los réprobos] recibirán con el diablo suplicio eterno» Dz 429; cf. Dz 40, 835, 840.

La Sagrada Escritura pone a menudo de relieve la eterna duración de las penas del infierno, pues nos habla de «eterna vergüenza y confusión» (Dan 12, 2; cf. Sap. 4, 19), de «fuego eterno> (Judith 16, 21; Mt 18, 8; 25, 41;), de «suplicio eterno» (Mt 25, 46), de «ruina eterna» (2 Tes 1, 9). El epíteto «eterno» no puede entenderse en el sentido de una duración muy prolongada, pero a fin de cuentas limitada. Así lo prueban los lugares paralelos en que se habla de «fuego inextinguible» (Mt: 3, 12; Mc 9, 42) o de la «gehenna, donde el gusano no muere ni el fuego se extingue» (Mc 9,46 s), e igualmente lo evidencia la antítesis «suplicio eterno – vida eterna» en Mt 25, 46. Según Ap 14, 11 (19, 3), «el humo de su tormento [de los condenados] subirá por los siglos de los siglos», es decir, sin fin; (cf. Ap 20, 10).

La «restauración de todas las cosas», de la que se nos habla en Hechos 3, 21, no se refiere a la suerte de los condenados, sino a la renovación del mundo que tendrá lugar con la segunda venida de Cristo.

Los padres, antes de Orígenes, testimoniaron con unanimidad la eterna duración de las penas del infierno: cf. San Ignacio de Antioquía, Eph. 16, 2, San Justino, Apol. 1 28, 1 ; Martyrium Polycarpi 2, 3; 11, 2; San Ireneo, Adv. Haer. IV 28, 2; Tertuliano, De poenit. 12.

La negación de Orígenes tuvo su punto de partida en la doctrina platónica de que el fin de todo castigo es la enmienda del castigado. SAN AGUSTíN sale en defensa de la infinita duración de las penas del infierno, contra los origenistas y los «misericordiosos» que en atención a la misericordia divina enseñaban la restauración de los cristianos fallecidos en pecado mortal; cf. De civ. Dei xxi 23; Ad Orosium 6, 7; Enchir. 112.

La verdad revelada nos obliga a suponer que la voluntad de los condenados está obstinada inconmovíblemente en el mal y que por eso es incapaz de verdadera penitencia. Tal obstinación se explica por rehusar Dios, a los condenados, toda gracia para convertirse.

[¿Por qué razón las penas del infierno son eternas?
Dice Santo Tomás: “La pena del pecado mortal es eterna, porque por él se peca contra Dios, que es infinito. Y como la pena no puede ser infinita en su intensidad, puesto que la criatura no es capaz de cualidad alguna infinita, se requiere que, por lo menos, sea de duración infinita” (45).]

B. Desigualdad

La cuantía de la pena de cada uno de los condenados es diversa según el diverso grado de su culpa (de sentido común).

Los concilios de Lyón y Florencia declararon que las almas de los condenados son afligidas con penas desiguales, Dz 464, 693. Probablemente esto no se refiere únicamente a la diferencia específica entre el castigo del solo pecado original y el castigo por pecados personales, sino que también quiere darnos a entender la diferencia gradual que hay entre los castigos que se dan por los distintos pecados personales.

Jesús amenaza a los habitantes de Corozaín y Betsaida asegurando, que por su impenitencia, han de tener un castigo mucho más severo que los habitantes de Tiro y Sidón; Mt 11, 22. Los escribas tendrán un juicio más severo; Lc 20, 47.

SAN AGUSTÍN nos enseña: «La desdicha será más soportable a unos condenados que a otros» (Enchir. III). La justicia exige que la magnitud del castigo corresponda a la gravedad de la culpa.

Pero terminemos con esta Revelacion (que no es dogma de Fe) pero que nos pude dar luces sobre esta terrible Realidad que ES el Infierno…

Visión del infierno de Santa Faustina Kowalska, según lo escribió en su diario:

“Hoy, fui llevada por un ángel a las profundidades del infierno. Es un lugar de gran tortura; ¡qué imponentemente grande y extenso es! Los tipos de torturas que vi: la primera que constituye el infierno es la pérdida de Dios; la segunda es el eterno remordimiento de conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; (160) la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla; es un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por el enojo de Dios; la quinta tortura es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante y, a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros y ven todo el mal, el propio y el del resto; la sexta tortura es la compañía constante de Satanás; la séptima es la horrible desesperación, el odio de Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias. Éstas son las torturas sufridas por todos los condenado juntos, pero ése no es el extremo de los sufrimientos. Hay torturas especiales destinadas para las almas particulares. Éstos son los tormentos de los sentidos. Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la forma en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra. Yo me habría muerto ante la visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido.

Debe el pecador saber que será torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que suele usar para pecar. (161) Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay ningún infierno, o que nadie ha estado allí, y que por lo tanto nadie puede decir cómo es. Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, he visitado los abismos del infierno para que pudiera hablar a las almas sobre él y para testificar sobre su existencia. No puedo hablar ahora sobre él; pero he recibido una orden de Dios de dejarlo por escrito. Los demonios estaban llenos de odio hacia mí, pero tuvieron que obedecerme por orden de Dios. Lo que he escrito es una sombra pálida de las cosas que vi. Pero noté una cosa: que la mayoría de las almas que están allí son de aquéllos que descreyeron que hay un infierno. Cuando regresé, apenas podía recuperarme del miedo. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí! Por consiguiente, oro aun más fervorosamente por la conversión de los pecadores. Suplico continuamente por la misericordia de Dios sobre ellos.

Oh mi Jesús, preferiría estar en agonía hasta el fin del mundo, entre los mayores sufrimientos, antes que ofenderte con el menor de los pecados”.

¿Podremos decir que el Infierno o cualquier otra Verdad de Fe es simple hipotesis? Yo al menos no… Fidelidad ante todo a la Verdad.

Fuentes: Corazones. org, mercaba, Enciclopedia Catolica, Catesismo de la Iglesia Catolica.

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5 thoughts on “¿El infierno es una Hipotesis?

  1. Es muy buena información, pero al ser demasiada puede provocar que no se lea del todo, un buen resumen estaría bien, claro que siempre tenga buenos fundamentos, puede tener ligaduras a la información mas amplia. 🙂

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