El dolor y su sentido


La tierra ha temblado en el Perú, sembrándolo de destrucción y dolor. El argumento es tan viejo como falaz: el mal testimoniaría en contra de la existencia de Dios o de su bondad o de su omnipotencia, o de ambas. En realidad, no es sino una forma más de la soberbia, presunción e ignorancia humanas. Siempre es necesario hacer distinciones. Cabe así distinguir entre un mal metafísico, físico y moral. El mayor problema teológico lo entraña el primero, el mal metafísico, aunque para las mentes más superficiales el escándalo proceda de los otros dos. Y es que el primero lo ignoran esas inteligencias romas, y no sin motivo pues si niegan lo metafísico difícilmente admitirán un mal de esa naturaleza.

El mal metafísico se refiere a la imperfección inherente a todas las criaturas, pero eso no conduce a la negación de la perfección de Dios, sino a todo lo contrario. El mal moral, por su parte, sólo es imputable a la libertad humana. A Dios sólo le competería el haber creado al hombre libre. ¿Y cabe considerar que eso sea un mal, y que hubiera sido preferible no crear a un ser libre y, por tanto, capaz de obrar el mal? El silencio, o mejor, la inacción de Dios, ante Auschwitz, por más que escandalice a muchos, no atenta contra su infinita bondad. A cada cual, lo suyo. El mal que producen los hombres sólo es imputable a ellos. Queda así el mal físico, esto, es el dolor. La existencia de catástrofes naturales testimoniaría para algunos en contra de la bondad de Dios o de su omnipotencia, o de ambas. Pura superficialidad o mera soberbia. Por lo demás, hay muy poco o nada de nuevo en la pretensión. El terremoto de Lisboa condujo a Voltaire a repudiar el optimismo metafísico de Leibniz. Pero tenía razón éste último. Dos son las posibles justificaciones de la existencia del mal físico, del dolor, en el mundo. La primera es que sirve para la expiación de las culpas. Naturalmente, para aceptar esta justificación es preciso admitir previamente la existencia de culpas que deban ser expiadas. Así, en contra, se invoca el dolor sufrido por los inocentes. Pero cabe replicar: ¿es que todos son inocentes?, o incluso, ¿es que hay algún inocente?

El sufrimiento y el bien.

La segunda justificación es que el dolor es ocasión para la existencia de algunos bienes y virtudes que, sin él, no podrían tener lugar. No hay catástrofe que no vaya acompañada por la profusión de la solidaridad, la generosidad y el heroísmo. Además, de esta manera, las dos justificaciones confluyen, pues estas virtudes sirven también para la expiación de las culpas de quienes las exhiben. Es verdad que el dolor parece la quintaesencia del sinsentido y buscar sentido al sufrimiento se antoja para algunos la cima del absurdo. Siempre el pesimismo parece contar con ventaja. Los optimistas parecen siempre a sus adversarios como ingenuos o mal informados. Pero la objeción no hace sino revelar la superficialidad de quienes la invocan. Pues en el fondo lo que hacen sus partidarios no es sino mostrar las proporciones de su soberbia. Ni siquiera los argumentos o justificaciones aducidos son lo más importante. Lo decisivo es que el hombre no puede agotar el conocimiento de los planes de Dios ni pretender que ellos se acomoden a sus criterios y preferencias. Lo infinito no puede ser agotado ni comprendido por lo finito. Se trata, por lo tanto, de un ejercicio de humildad intelectual. Los planes de Dios no tienen por qué ajustarse a los planteamientos limitados de los hombres.

Conocimiento de Dios y conocimiento del hombre.

El dolor físico no es incompatible con la providencia divina ni con su bondad. Sólo los necios o superficiales se burlan de la profunda tesis metafísica y teológica de Leibniz, según la cual vivimos en el mejor de los mundos posibles. Para una visión superficial y arrogante, esta tesis es puro disparate. Para una visión más sabia y profunda, alberga una profunda verdad, que, por otra parte, procede de la tesis escolástica tradicional que afirma que el ser es, de suyo, un bien. Nada de lo que existe es un mal absoluto o carece de sentido. Por lo demás, Dios no crea el mal; simplemente lo permite, ya que de él puede derivarse un bien superior.

La fe permite superar la enorme paradoja del mal. Pero ni siquiera es necesario remitirse a ella. La razón, conocedora de sus limitaciones y superadora de la soberbia intelectual, también puede hacerlo. Lo que es incomprensible para el hombre no es necesariamente incomprensible de manera absoluta. Afirmar que si la tierra tiembla, entonces Dios no existe, o no es infinitamente bueno, o infinitamente poderoso, es expresión de soberbia y arrogancia. Lo que no comprendemos sólo es incomprensible para nosotros, o para muchos, o incluso la mayoría de nosotros, pero no es incomprensible en sí mismo. Dios no ha sido creado a nuestra imagen y semejanza, sino al revés. Acaso la más sutil y difícil enseñanza sea esa que consiste en encontrar sentido en lo que aparentemente carece de él: el dolor. Pero para eso es necesario superar una concepción de la realidad antropocéntrica, limitada, soberbia y falsa. Si todo tiene sentido, entonces el dolor también.

Fuente: Iglesia.org

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