Vivir en pareja antes del matrimonio


 

En nuestra sociedad actual, cada vez son más las parejas que conviven antes de casarse. La respuesta de los líderes parroquiales a este fenómeno creciente exige respeto y paciente comprensión hacia estas parejas. Y al mismo tiempo, fidelidad a los valores sagrados y a los ideales cristianos del matrimonio y la vida familiar. Estos “matrimonios de prueba” plantean una importante preocupación pastoral a los sacerdotes y a todos los responsables de transmitir la enseñanza y la tradición católica a las parejas que buscan el compromiso para toda la vida en el matrimonio cristiano.

 

Hoy, la vida en pareja a menudo retrasa y hasta reemplaza el matrimonio. El porcentaje de personas que viven en pareja antes del matrimonio ha aumentado de sólo un 10% en 1960 a casi un 50% en 1996. Ante la pregunta de por qué eligen vivir juntos en lugar de casarse, la mayor parte responde algo así como: “En la sociedad de hoy, con tanto divorcio, lo más lógico es realmente llegar a conocer plenamente al otro; por eso creemos que es importante convivir ya, para estar seguros de si será acertado o no casarnos en el futuro.”

 

No obstante, la dura realidad es que los numerosos estudios realizados desde mediados de los ‘80, han llegado a la conclusión de que las parejas que no han convivido antes del matrimonio logran un mejor “ajuste matrimonial” luego de un año de casados, que aquellas que sí lo han hecho. Otro estudio muestra que quienes convivieron antes de casarse alcanzaron niveles menores en la “calidad de comunicación y satisfacción matrimonial percibida” que quienes no lo hicieron. Según otra investigación, la tasa de divorcios es aproximadamente un 38% mayor entre las parejas que han convivido antes de casarse que entre las que no lo han hecho.

 

Es comprensible que las parejas que piensan casarse sean prudentes, puesto que han sido testigos de demasiados divorcios, quizá el de sus propios padres. Su decisión de vivir en pareja antes de casarse bien podría ser vista como un intento sensato de evitar los fracasos de tantas parejas que los han precedido, y como un esfuerzo muy bien intencionado por “probar” los mares del matrimonio antes de sumergirse en el compromiso pleno del matrimonio cristiano.

 

Esta comprensión contribuye a identificar el problema. Aquella pareja que opta por convivir como parte de una prueba de la relación está -por el hecho mismo de vivir en pareja- dejando abierta una puerta trasera. Por definición, vivir en pareja implica que ambas personas están de acuerdo en que cualquiera de las dos tiene derecho a terminar la relación en cualquier momento. Vivir en pareja sin estar casado es un intento por vivir una relación íntima que supone un acuerdo por el que cualquiera de los dos puede terminar la relación en cualquier punto y por cualquier razón. Es por ello que muchas de estas relaciones parecen funcionar muy bien. Para algunos, esto es mejor que aquel matrimonio en el cual uno o ambos esposos han perdido el interés por “mejorar” la relación.

 

El compromiso

 

Pero el hecho es que el matrimonio cristiano implica compromiso. Esto significa mantenerse mutuamente unidos y fieles a la relación, no solamente en los momentos fáciles y felices sino también en los momentos difíciles y a veces muy infelices. El compromiso sólo empieza cuando una persona (es de esperar que ambas personas) elige cerrar todas las puertas y escoge libremente permanecer con el otro y mantener una relación duradera. Esta permanencia elegida libremente constituye un elemento fundamental del matrimonio cristiano, puesto que sólo este entorno estable ha probado ser el mejor para criar a los hijos. El compromiso matrimonial cristiano significa elegir libremente amar a otro -y con el tiempo a los hijos- de la forma en que Dios elige amarnos: para siempre, sin término ni condiciones.

 

Desafortunadamente, no hay modo de tantear en este tipo de realidad. El compromiso jamás es seguro, siempre presenta riesgos. Como en una conexión eléctrica: encendido o apagado; no hay punto medio. O estamos comprometidos plenamente o no estamos realmente comprometidos. Este es el núcleo de la cuestión. No hay cantidad de vida en pareja que alcance para “probar” la capacidad que tenemos de comprometernos con otra persona.

 

En el mejor de los casos, vivir en pareja prueba que “me quedo contigo aun pudiéndome ir.” Pero la única forma de decir “Voy a mantenerme fiel a ti y a esta relación durante toda la vida” es pararse frente a la propia familia, los amigos y la comunidad cristiana en general y profesar los votos del matrimonio cristiano -prometer amor y fidelidad en las buenas y en las malas, en la enfermedad y en la salud- hasta la muerte. Esto es compromiso; no hay substitutos ni medias tintas.

 

La tradición católica

 

Desde siempre, la Iglesia católica ha valorado el compromiso pleno del matrimonio cristiano. Pero no todos los matrimonios cristianos llevan una vida dichosa. La enfermedad, las dificultades económicas, los problemas con los hijos, las desilusiones mutuas: hay cientos de momentos difíciles diferentes aguardando a las parejas que se atreven a prometerse mutuamente amor incondicional y compromiso pleno en el matrimonio cristiano. Lo sorprendente no es la cantidad de matrimonios que terminan divorciándose, sino más bien todos los que mantienen su compromiso a través de situaciones que muy a menudo no parecen tener solución. Las parejas católicas dan testimonio de que no siempre es su fortaleza personal, sino el mismo amor de Dios y su Gracia lo que les da fuerza para atravesar los momentos más duros del matrimonio y la vida familiar.

 

Algunas parejas casadas con experiencia expresan su convicción de que es en su disposición a sacrificar todo por amarse mutuamente, donde sienten que Dios les da la gracia que precisan para hacer lo que no sabían que podían hacer. La clave es la confianza en la gracia de Dios y el compromiso con la decisión de darse incondicionalmente el uno al otro.

 

Esto también explica porqué la Iglesia siempre ha creído que vivir en pareja -así como las relaciones sexuales fuera del matrimonio- es una contradicción. ¿Por qué? Porque en sus comienzos la tradición cristiana consideró que las relaciones sexuales podían y debían ser un signo de dos personas que no simplemente se dan placer mutuo sino que entregan todo su ser al otro. Precisamente, la Iglesia católica siempre consideró a las relaciones sexuales como el signo más importante de lo que es el matrimonio cristiano: dos personas dispuestas a dar todo de sí y recibir todo del otro: cuerpo, placer, pensamientos, esperanzas, sueños, temores, fracasos, proyectos, dificultades, cuentas bancarias, malos humores, parientes, etc.

 

En la tradición de la Iglesia, no existe el llamado sexo prematrimonial. Únicamente existe el sexo matrimonial, signo de compromiso, y el sexo sin compromiso, que es promiscuidad. Es por ello que de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, las parejas que se aman no deberían tener relaciones antes de casarse y/o vivir en pareja antes del matrimonio.

 

Juan Pablo II brinda un enfoque pastoral general sobre las parejas que conviven sin haberse casado. Los pastores y líderes pastorales deberían, recomienda, considerar cada situación caso por caso. Es más, deberían acercarse con tacto y respeto a esas parejas e informarlas con paciencia, corregirlas con caridad y mostrarles el testimonio de la vida familiar cristiana de manera tal de abrirles el camino para regularizar su situación.

 

Un enfoque pastoral

 

Cuando las personas que viven en pareja se acercan a la parroquia para solicitar su casamiento, es importante que el personal parroquial los trate cordialmente y asuma que sus motivos son sinceros, es decir, que admita que desean profesar su amor mutuo en los votos del matrimonio cristiano sagrado y sacramental.

 

Cuando los ministros parroquiales se enteren de que la pareja convive sin estar casada, deben asegurarse de que las personas en quienes se delegue su preparación para el matrimonio cristiano sean competentes para encarar esta dificultad adicional. Enfrentar de inmediato a la pareja y condenar directamente su comportamiento hará que el proceso de preparación para el matrimonio comience con una nota amarga y expondrá a parejas que tal vez ya sean católicos marginales a una alienación aún mayor. El ministro prudente forjará una relación de hospitalidad y confianza a fin de que la pareja se sienta cómoda antes de intentar referirse a la cuestión de su vida en pareja.

 

Una vez que se ha establecido una relación pastoral significativa, el ministro procurará abordar todas las cuestiones importantes del matrimonio, incluyendo el concepto fundamental del compromiso. Es en este contexto donde el ministro puede conversar y dialogar con la pareja acerca de lo que entienden por compromiso matrimonial y preguntarles cómo encaja su situación actual de convivencia en el concepto de compromiso matrimonial.

 

Con diplomacia y actitud pastoral, debe explicarles las razones de la Iglesia para desaconsejar la vida en pareja antes del matrimonio. El ministro debería alentar con firmeza a la pareja a vivir separados, subrayando que vivir separados les dará el espacio necesario para ser más objetivos ante su relación. El ministro debería señalar que la Iglesia está dispuesta y capacitada para asistir a quienes viven en pareja antes del matrimonio en cualquier reconciliación que crean importante o necesaria, recordándoles que desde hace mucho tiempo es parte de nuestra tradición recibir el sacramento de la penitencia antes de recibir el sacramento del matrimonio. ¡La Iglesia sabe que los seres humanos no estamos exentos de pecados y falencias! El ministro debería alentar cordialmente a la pareja a rezar y compartir las Escrituras juntos, y a asistir a misa.

 

Es preciso agregar que la situación de quienes viven en pareja tradicionalmente ha sido considerada un escándalo público. La mejor forma de plantear este aspecto a la pareja es preguntarle si han considerado que su convivencia sin estar casados pudo haber resultado incómoda a su familia u otras personas. Según la respuesta, es posible entonces iniciar un diálogo acerca de la mejor forma en que pueden tratar la cuestión del escándalo causado en otros durante el tiempo en que se preparan para el compromiso sagrado del matrimonio cristiano.

 

Algunas parejas estarán suficientemente abiertas y maduras para encontrar, en sus responsabilidades hacia las normas de Dios y hacia la comunidad en general, una motivación para vivir separados durante los meses o semanas finales de preparación para comprometerse para toda la vida en matrimonio cristiano. Otras tal vez no. Los líderes pastorales no siempre comprenderán o estarán de acuerdo con sus decisiones, pero siempre deberán procurar encauzarlos, apoyar sus mejores esfuerzos por ser honestos el uno con el otro y con el Señor en la oración y guiarlos hacia el sacramento de la penitencia si resultara lo apropiado.

 

Cuando se trata con parejas que conviven sin estar casadas, es útil recordar que todas las parejas tienen un derecho natural a casarse y que los cristianos bautizados gozan de un derecho sobrenatural a los sacramentos. Si no existe otra razón que impida a la pareja casarse válida y lícitamente, el que vivan en pareja sin estar casados no es una razón válida para negar el matrimonio, puesto que vivir en pareja no es un impedimento canónico para el matrimonio. El rol del ministro es ofrecer a la pareja la mejor preparación para el matrimonio de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia. Si la pareja no se separa, el ministro no debe posponer ni negar la preparación para el matrimonio. No obstante, si la pareja no tiene conciencia suficiente acerca del compromiso esencial y demás obligaciones del matrimonio que han de celebrar, debe posponerse la celebración del matrimonio hasta tanto desarrolle esa conciencia.

 

Si la pareja decide seguir conviviendo mientras dura la preparación para el matrimonio, debería manifestárseles que, desde la perspectiva de la sociedad y la Iglesia, están eligiendo mostrarse a la comunidad como marido y mujer. Por eso, en general, su casamiento debería reflejar esta elección y ser íntimo y sencillo.

 

La comunidad de fe, los sacerdotes y demás personas deberían hacer lo que esté a su alcance para abrir la puerta a estas parejas a fin de que puedan regularizar su situación. Esperemos que sea en dirección al matrimonio cristiano formal y público. No está en nadie juzgar el estado espiritual interior de estas parejas, puesto que semejante juicio sólo pertenece a Dios.

 

Siendo fieles a la tradición de la Iglesia al recordar a estas parejas que el significado más profundo de las relaciones sexuales sólo es posible en el marco del compromiso libre y pleno del matrimonio cristiano, también estamos guiados por la ley más alta, que es el amor. Obedientes al mandamiento de Jesús, nunca dejamos de amar a nuestro prójimo aun cuando no viva de acuerdo con los ideales de la vida cristiana. El fin último de la Iglesia es ser la mano salvífica de Dios, no una comunidad de condena. Al cabo, es el Espíritu Santo y nuestro acercamiento mutuo en el amor y la compasión lo que inspirará a quienes viven en pareja sin estar casados a profundizar su fe y alcanzar una visión verdaderamente cristiana del matrimonio cristiano.

 

por Pfeifer, Michael

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3 thoughts on “Vivir en pareja antes del matrimonio

    • Bueno, es decisión tuya el permanecer a su lado. Es mejor conocer a su pareja lo más que se pueda para no llevarse sorpresas durante el matrimonio, uno como católico debe ser una luz para los demás, así de esa misma manera tú debes de buscar que tu pareja se vaya acercando más y más a Dios.

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  1. Me encantó este informe!! Más me llamó la antención cuando dice: “La Iglesia católica siempre consideró a las relaciones sexuales como el signo más importante de lo que es el matrimonio cristiano: dos personas dispuestas a dar todo de sí y recibir todo del otro: cuerpo, placer, pensamientos, esperanzas, sueños, temores, fracasos, proyectos, dificultades, cuentas bancarias, malos humores, parientes, etc.” Sobre todo lo más dificil TEMORES, FRACASOS, DIFICULTADES, MALOS HUMORES, PARIENTES, ENFERMEDADES, ETC. Algún sacerdote aconceja, entre otros buenos consejos, a las parejas que se quieren casar: “¿Están preparados para la guerra?”… Creo que es bueno saber que el amor en el matrimonio cristiano (compromiso de por vida), si bien vale la pena y da gran sentido a la propia vida que se completa y complementa con el otro, pero no es todo felicidad y goce. Pues aveces se tiene que atravesar años de tinieblas y complicaciones y saber que aunque el entusiasmo se desbanece y uno se enfría, debe tratar de no perder el norte, si Dios los casó, Él los juntó con un propósito y Dios nunca abandona a sus hijos de buena fe. Edificar todo sobre la Roca de Dios, teniendo siempre presente su santa voluntad, estar bien despiertos y preparados, matrimonio no es noviazgo. Supongo que es más sano estar soltero (sí tener sanos amigos/as) que sostener un mal noviazgo, edonista, concupiscente, siego de valores. Lo que mal anda mal acaba. Proverbios 19,3: “La necedad del hombre pervierte su camino, y luego su corazón se irrita contra el Señor.”

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