Mensaje de Cuaresma del Arzobispo Constancio Miranda Weckmann


 

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MENSAJE DE CUARESMA 

2014

Estamos ya en tiempo de Cuaresma, permítanme proponer algunos puntos que nos orienten y ayuden a vivirlo con mayor fruto.

La Cuaresma es tiempo de reflexión, de oración y mayor atención a la Palabra de Dios.

Toda nuestra vida cristiana ha de orientarse hacia la persona de Jesucristo, quien es no sólo modelo sino también el sostén y la fuente de gracia para caminar como hijos de Dios.

Una tentación que tenemos hoy es el activismo, dejarnos arrastrar por el ir y venir  de compromisos que nos van saliendo al paso y que nos hacen perder la dirección. Al final no sabemos a dónde se dirige tanto esfuerzo y, aunque consigamos algunos éxitos, nos queda con el cansancio un vacío y cierta frustración. Es indispensable hacer pausas de reflexión, de encuentro con uno mismo, de revisión sincera para reorientar el rumbo o sentido de la existencia y saber para qué estamos en el mundo.

El peligro mayor es considerarnos autosuficientes, sin necesidad de recurrir a Dios,   como si con nuestra sola inteligencia y nuestras propias fuerzas pudiéramos descubrir la verdad de nuestro destino y mantenernos firmes en la práctica de lo que es justo y bueno. El verdadero creyente reconoce las limitaciones y confiesa las debilidades que todos llevamos en nuestra propia naturaleza: nos proponemos hacer el bien, y, cuando menos pensamos, claudicamos de nuestro ideal haciendo lo contrario.

La oración es el diálogo abierto y confiado con Aquel que es principio de todo lo bueno y el Único que puede ayudarnos a perseverar firmes en la lucha diaria. La oración de súplica humilde ha de ir acompañada de plena disponibilidad para responder a lo que el Señor nos pida. En este diálogo es más importante lo que el Señor nos dice, que lo que podamos decirle. Por eso es preciso guardar silencio, pacificar el alma, para que pueda resonar en nuestro interior la voz de Dios. Él nos habla en su Divina Palabra, en toda la Biblia, y principalmente en los Evangelios nos permite escuchar las enseñanzas y contemplar la vida de Jesucristo, el Verbo hecho carne.

Saborear cada página de la Sagrada Escritura es la oportunidad de alimentar nuestra fe, de afinar los criterios que rigen nuestro actuar, de recibir el consuelo y el gozo de un Dios que se hace nuestro amigo y hermano.

La Cuaresma es tiempo de purificación y de penitencia.

El Encuentro con Jesús es una experiencia que inevitablemente nos estremece. Acercarnos al Hijo Santísimo de Dios nos lleva a sentir vergüenza de nuestra pobre condición de pecadores. Casi instintivamente surge el sentimiento que nos hace exclamar. “Señor, yo no soy digno”, “Apártate de mí que soy pecador”.

Pero la misericordia y la ternura del Salvador no tienen medida. No sólo disimula nuestras culpas, sino que nos devuelve la inocencia y nos da un corazón nuevo, capaz de vivir en su gracia.

El Sacramento de la Reconciliación es una verdadera fiesta, como la que el padre del hijo pródigo le organizó para manifestar la alegría de recuperar al que andaba perdido. Confesar los pecados ante Cristo, a quien vemos con los ojos de la fe en la persona de su ministro, no sólo es una ocasión para desahogar angustias, sino principalmente un momento de inmensa alegría, al recibir de Jesús su Palabra de perdón y el regalo de un vestido nuevo, con el que Él cubre nuestras maldades. Revestidos con la santidad de Cristo, nos levantamos para reemprender el camino fortalecidos con su Espíritu.

Las prácticas penitenciales propias de este tiempo nos asocian a la Cruz Redentora. El ayuno y la abstinencia se orientan a la caridad al permitirnos, en una mayor austeridad, compartir algo con quien pasa necesidad.

La Cuaresma es tiempo de vivir intensamente la caridad.

El Señor Dios derrama en nuestros corazones el Espíritu de caridad que nos hace semejantes a Jesús por el amor. La identificación con Cristo, con los sentimientos de su corazón, se manifiesta sobre todo en la manera de relacionarnos con los demás. El auténtico discípulo se distingue, como su Maestro, por la atención a los pobres y a los que sufren, por el cariño a los pequeños y el respeto a los que son objeto de desprecios, por la entrega sin límites hasta dar la vida por todos. “Ámense como Yo los he amado; en esto conocerán que ustedes son mis discípulos, si tienen amor unos a otros”.

Una manifestación privilegiada del amor cristiano es el perdón a los que nos ofenden y la superación de la estricta justicia humana con la misericordia. La armonía y la reconciliación en las familias y en las comunidades es el fruto de la verdadera caridad cristiana. La unidad de la Iglesia se hace visible, si nos tratamos como los primeros cristianos, que eran “un solo corazón y una sola alma”.

La Cuaresma es tiempo de gracia que no debemos desperdiciar.

A cada uno de nosotros el Señor nos ha dado una vocación particular, única, irrepetible. Si no respondemos cumpliendo con fidelidad las exigencias de nuestra propia misión, estamos defraudando a nuestro Señor y estorbando la realización de sus planes en la Iglesia y en el mundo.

Por eso los exhorto a que aprovechemos estos días intensivos de oración, de purificación y de práctica de la caridad.

Nos puede ayudar mucho formular un plan personal de vida. Partiendo de nuestra realidad y situación actual, de nuestras posibilidades y limitaciones, cada quien ha de hacer sus propósitos y buscar los medios oportunos para dar un paso adelante en el camino de la santidad, que es la meta de todos los cristianos.

 

No nos conformemos con la mediocridad. Escuchemos la voz del Maestro que nos dice: “Les he dado ejemplo para que hagan ustedes lo mismo”; “Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto”.

Les bendigo y hago oración para que el Padre de Nuestro Señor Jesucristo nos renueve a todos con la gracia de su Espíritu.

 

                                              +  Constancio  Miranda  Weckmann

                                                      Arzobispo  de  Chihuahua

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