DOMINGO XVII TIEMPO ORDINARIO: ENCONTRAR EL TESORO



Por: Pbro. Lic. Roberto Luján Uranga

La Palabra empieza hoy con una bella introducción del diálogo entre Dios y Salomón. El Señor se le aparece en sueños y le dice “pídeme lo que quieras”. Es algo que podríamos sentirlo como dirigido a nosotros: ¿Qué es lo que más queremos y deseamos en esta vida? ¿Posesiones, riquezas, salud, amor? Salomón no lo piensa mucho y pide sabiduría de corazón para gobernar con justicia al pueblo de Israel. Al Señor le agradó tanto que Salomón pidiera algo tan valioso y altruista, pues piensa primero en los otros que en sí mismo, que le otorga sabiduría, riquezas, larga vida.

Es que cuando buscamos el Reino de Dios y su justicia, el resto viene por añadidura. Y ese “resto” es abundante. Y siglos de experiencia de miles de hombres en el mundo y la nuestra propia nos enseñan que la posesión de las riquezas no trae la felicidad al hombre. En el Evangelio, tenemos las parábolas del tesoro, la perla y la red. La última de ellas, la de los peces buenos y malos, que son separados por los ángeles, se parece a la del trigo y la cizaña del domingo pasado por lo que nos concentraremos en las parábolas del tesoro y la perla que vienen siendo como una misma parábola con dos variantes. Un comerciante y un labriego encuentran, respectivamente, un tesoro y una perla y sacrifican todo con tal de obtenerlos.

Es una alegoría del Reino de Dios: una vez que encuentras a Dios o más bien que Dios se te manifiesta en Cristo, nada debe haber más importante que Él. Jesús, dice que son dichosos aquellos que renuncian a sus familias, posesiones, a sí mismos, por Él y por el Reino. Jesús es el tesoro, la perla. Sus palabras y mandatos, como dice el salmo, valen más que el oro y la plata, más que el oro purísimo. ¿Hemos tenido algo de oro en las manos? Sus destellos fascinan a los hombres y muchos caen en la tentación del robo, del apoderamiento de lo ajeno, con tal de conservar ese lingote, esa moneda, ese centenario, esa medalla de oro, no importándoles caer en el delito del robo o en el pecado de la avaricia. Pierden la honra y la dignidad por un pedazo de oro puro, cuando lo que nos enseña el Evangelio es que hay que perderlo todo por Cristo, que es nuestro tesoro.

Renunciar a todo: nuestros bienes, familias, incluso a nosotros mismos, con tal de retener a Cristo en nosotros. ¿Cuánto hemos sacrificado por Cristo? Muchas veces ni siquiera una hora a la semana para ir a misa dominical, de las 168 horas Dios nos da. Se nos hace mucho, excesivo, una hora en el templo. Ya no digamos sacrificar parte de nuestro tiempo libre para servir en la Iglesia. Y peor cuando tenemos apegos a las cosas, personas, ideas u opiniones. Preferimos el poder a la santidad, el dinero a la pobreza de espíritu, nuestra comodidad a la caridad al prójimo. Siempre anteponemos nuestro yo a todo lo demás: primero soy yo, mi tiempo, mis pasatiempos, mis vacaciones, mis comodidades, mis lujos, y después, si algo nos queda, serán migajas que arrojamos a Dios y al prójimo.

Siendo que Dios no quiere migajas, sino que quiere todo de nosotros; que lo amemos por sobre todas las cosas, con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser. Dios no quiere migajas. Se da todo a nosotros y exige todo de nosotros. No lo que nos sobra, sino todo nuestro ser. No porque Él nos necesite para ser feliz sino que nosotros lo necesitamos a Él para ser felices.

Si encontramos el tesoro, el oro, la perla del Reino de Dios, no dudemos en renunciar a todo con tal de conseguir la vida eterna al lado de Nuestro amigo y Señor, Jesucristo, por medio de quien el Padre nos concede la vida eterna. La Palabra de Dios ilumina a los sencillos. Que esta Palabra dominical nos dé sabiduría de corazón para escoger lo más valioso.

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