DOMINGO XVIII ORDINARIO CICLOA: LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES


Por. Pbro. Roberto Luján Uranga 

El pan es un símbolo mundial del alimento del hombre. Si hablamos de arroz, cebada, centeno, tal vez no sea familiar para todos, pero si hablamos de pan, lo entenderán los latinos, los sajones, los eslavos, los árabes, los chinos, los hindúes. Es un símbolo universal de alimento. Y es un alimento sencillo y barato, en comparación con los demás alimentos. Por eso el pan figura en la Biblia desde el Génesis, cuando Dios dice al hombre “comerás al pan con el sudor de tu frente”. Pero la Palabra de hoy nos anuncia un pan gratuito, un pan que se nos da de balde, un pan por el que no tenemos que pagar. El profeta Isaías dice: “los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman”. También se habla de saciedad, de abundancia, de tener lo suficiente para quedar satisfechos, Así lo dice el salmo: “Abres, Señor, tus manos generosas y cuantos viven quedan satisfechos”.

No sólo se refiere al hombre sino a toda criatura. Porque Dios es generoso con todos y extiende su amor a todos los vivientes. Y en el caso del hombre no solo se refiere al hambre material sino también al hambre espiritual. El amor de Dios por nosotros es sobrado, la carta de San Pablo dice que ni muerte ni vida ni poder humano ni sobrehumano nos puede apartar del inmenso amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Dios y Señor, encarnado para ser nuestro hermano y caminar con nosotros en el camino de la vida. Y en la vida material y espiritual necesitamos alimento que recupere nuestras fuerzas. Por eso en la narración de la multiplicación de los panes vemos a un Dios preocupado por todas las necesidades del hombre.

Mucha gente seguía a Jesús y como atardecía, los discípulos dicen: que se vayan a los caseríos a comprar pan. Implica dinero de por medio: “que compren algo de comer”; pero el pan de Dios es gratuito y abundante: “Denles ustedes de comer”. Juntan cinco panes, símbolo de su alimento, y dos peces, símbolo de su doctrina. Jesús manda que se sienten. Dios es un Dios de orden. Eran 5,000 hombres, imaginemos a todos ellos hambrientos más sus familias, arremolinándose para arrebatar el pan, unos acaparando más que los otros. Jesús, inteligentemente, los manda sentar. Que se calmen, se apacigüen, que guarden orden. Toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da a sus discípulos, Este es un gesto que recuerda o más bien anticipa la Eucaristía, cuando Jesús toma el pan, pronuncia la acción de gracias y lo da a sus discípulos.

Con el milagro de la multiplicación de los panes está preparando a sus discípulos para el milagro de la Eucaristía, y dará a la Iglesia la misión de distribuir ese pan. Así como la Samaritana pide agua viva para ya no volver a tener sed, los hombres piden el Pan vivo para no volver a tener hambre. Jesús multiplica el pan que sacia el hambre y devuelve las fuerzas. Jesús convierte el pan común en su cuerpo que da la vida eterna. Y da a la Iglesia la misión de repartirlo, eso significa el gesto de que son los discípulos los que distribuyen el pan: que la Eucaristía la recibimos de manos de la Iglesia. Todos los presentes en el milagro comieron hasta “saciarse” porque Dios da en abundancia; y al final se recogieron 12 canastos con los pedazos sobrantes: que es lo mismo que NEGAR la cultura del desperdicio, aprovechar hasta la última migaja de los dones de Dios.

El Papa Francisco dijo un día que la comida que desperdiciamos la estamos robando de la mesa del pobre. Una ex compañera de trabajo decía que en el Bank of America, donde antes trabajaba, no le daban ni un lápiz si no llevaba el lápiz anterior gastado hasta quedar un rabito que ya no servía. Don Adalberto Almeida, de feliz memoria, citado por Mons. Luis Padilla, siempre apagaba los interruptores de la luz de los lugares de los que salía, pues su dicho era: “el que paga, apaga”. Como mexicanos tenemos poca cultura del ahorro. En Europa se escandalizan del desperdicio que hacemos del agua. Muchos jóvenes, como no les cuesta, gastan agua, luz, gas, dinero, hasta que les toca ser jefes de familia. Pues recojamos los trozos de pan y pongámoslos en canastos No desperdiciemos. Tampoco despreciemos los pequeños retazos de sabiduría de la Palabra de Dios, pues con ellos podemos saciarnos.

 

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