Una lucha por la vida, una lucha libremente elegida


cruz_pesadaDónde se debate la vida el cristiano es un campo de batalla sin descanso, se trata de la batalla decisiva por la vida eterna. Ni un pestañeo de orgullo puede replegar en nuestras túnicas peregrinas por un mundo el cual solo es camino, no fin, sino que debe estar bien erguida la debilidad, aquella en que Dios se fortalece (Cf. 2Cor. 12, 9). Se trata de caminar en la loca fortaleza del amor, izando el estandarte de la paz; pues hemos perdido el juicio y si lo hemos perdido ha sido por Dios; y si somos sensatos, lo es por ustedes, por los hermanos a los cuales nos entregamos constantemente, incluso a los mismos enemigos. Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para si los que viven, sino para aquel que murió y resucito por ellos (Cf. 2Cor. 5, 13-15).

Es cierto que nuestra vida se ve teñida por la muerte, por eso, esta batalla no es un juego, en especial cunando celebramos la fiesta de nuestra vida en la muerte y resurrección de Cristo; la Eucaristía, que es realidad, no puede ser un juego, porque Cristo comparte su misma vida. Dónde penetra la muerte termina el juego y nos pone frente a la verdad que da esperanza al ser humano. (Cardenal Joseph Ratzinger, Homilía de Ordenación sacerdotal 1980). Nadie puede venir a enseñarnos de cultura de la muerte cuando nuestra muerte no es sino vida y por ello a fuerza de bien damos muerte al mal que promueve una muerte eterna y echa sus raíces en lo pasajero y efímero de este mundo. Nuestra muerte no priva de la libertad, la engrandece, y la planifica. Por ello al cristiano nadie puede venir a sugerirle una tentativa de muerte somnolienta en los vaivenes del mundo, ni se deja engañar por espejismos en medio de este desierto caluroso que es el campo de batalla. Antes de que la enfermedad, la violencia, la fragilidad de la vida temporal toque a la puerta de nuestras vidas nuestra confianza se frota las manos repartiendo sonrisas al temor de una muerte llena de espanto, porque con su fe impregna de sentido esta realidad. Esta esperanza surge de la libertad del cristiano, al cual todo le conviene pero no todo le está permitido (1Cor. 6,12); porque nadie le priva de la libertad: ni absolutismo humana, ni ideología, ni autoridad corrupta, ni el trajín de su tiempo, ni la misma muerte, porque antes de que cualquiera de estos postulados apareciera se encontraba la libre voluntad de Dios llamado desde antes de que fuéramos formados en el vientre materno y nuestra respuesta junto con la libertad de Dios sobrepasan cualquier tormento del tipo que sea (Cf. Jr. 1, 5).

En el terreno donde las tropas solo pueden sobrevivir luchando se llama mortal (el arte de la guerra); y analógicamente ninguna de estas expresiones es ajena a nuestra realidad de creyentes cuando la muerte es el campo de batalla de todo cristiano, de aquí surge la espiritualidad escatológica en la cual el horizonte de vida no es el tiempo sino la eternidad, no lo humano sino lo divinizante desde Jesucristo, no la muerte sino la vida, ningún reinado o poder terrenal sino el Reino de los Cielos, el mismo Jesucristo. Es así como la muerte debe ser la constante en nuestras vidas, porque nos encontramos en todo momento con el momento incierto de partir a la casa del Padre y por ello en cada segundo y a cada instante nos debatimos por la salvación que nos ha sido dada pero debemos guardar con nuestras buenas obras, para que Dios nos encuentre irreprochables ante Él por el amor (Cf. Col. 1, 12).

La muerte se distribuye desde nosotros mismos para dar vida, alejando las oportunidades de egoísmo y abriendo las puertas al amor, entrega de la vida por el otro (Cf. Jn. 15, 13). Entonces podemos expresar que ya no somos nosotros quienes vivimos sino que es Cristo quien vive en nosotros (Cf. Gal. 2, 20). Es entonces que en este combate llevamos este tesoro de la gracia eterna y vivificante de Dios, en vasijas de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros. Apretados en todo, más no aplastados; apurados, más no desesperados; perseguidos más no abandonados; derribados, más nunca fuera de combate. Pues llevamos siempre en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo (Cf. 2Cor. 4, 7-10).

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