DOMINGO XXX ORD. CICLO A: EL MANDAMIENTO MÁS GRANDE DE LA LEY


Por: Pbro. Lic. Roberto Luján Uranga

La reflexión de este domingo gira en torno al mandamiento más importante de la Ley pues los fariseos y doctores de la Ley habían deducido 613 normas entre preceptos y prohibiciones derivados de la Ley de Moisés. Ya en el Oriente antiguo, e Israel no fue la excepción, había un Código ético de conducta hacia el prójimo que tendía a proteger al más desvalido: al forastero, al huérfano y a la viuda y en general al pobre. Todos ellos son defendidos por el mismo Dios y los pecados de explotación, opresión, usura, serán castigados por el Señor. Estos pecados no sólo se cometen por los individuos sino también por los sistemas.

Tantos Estados que en su programa económico no luchan contra la pobreza sino que la favorecen por sus erráticas medidas financieras, convirtiendo la opresión y la explotación no sólo en un pecado individual sino en un pecado social y hasta institucional; baste ver las enormes diferencias en la repartición de los bienes, la suma pobreza de muchos frente a la opulenta riqueza de pocos. La usura, ese pecado grave que implica prestar a enormes intereses que el deudor jamás podrá pagar y sólo trabaja para pagar los intereses. ¿Cómo responderá Dios a la desesperación de nuestro pueblo? Cuando el pobre se tiene que curar con hierbas porque no hay sueldo que alcanza para pagar las medicinas, los estudios, las prótesis, las hospitalizaciones y una interminable lista de necesidades básicas que ni trabajando las 24 horas seguidas podrían o podríamos cubrir. Y no es cierto aquello de que el pobre es pobre porque quiere, por flojo.

No todas las personas nacen con oportunidades de educación, trabajo, bienestar. Hay familias en que todos los miembros se tallan el lomo todo el día y toda la semana y ni aún así salen de sus deudas ni pueden tener una vida digna, no por su culpa, sino por la injusticia reinante a la que poco a poco nos vamos acostumbrando. Bueno, y no descubro el hilo negro, la justicia y la ética ya se contenían en el Antiguo Testamento. Pero Jesús en el Evangelio dará un nuevo sentido y esplendor a la Ley. Para ponerlo a prueba, un doctor, es decir, alguien estudioso y conocedor de la Ley le pone una pregunta capciosa: ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley? Pregunta debatida ampliamente entre os rabinos y a la que no habían llegado a ninguna conclusión, pero a la que Jesús da una respuesta breve, certera y sabia: El mandamiento más grande, el más importante, el principal, es amar a Dios por sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas (cf. Dt 6,5).

amateToda la vida no nos alcanzaría para cumplir con este mandamiento, pues creo que todos amamos a Dios pero el grado en que lo amamos sólo cada uno lo sabe en su corazón. ¿Amo a Dios por sobre todas las cosas, mis sentimientos, mis deseos, mis aspiraciones, mis placeres, mi dinero, mis bienes, mis afectos, mis amores? Esa es una buena pregunta para hacer cada día un examen de conciencia, Si he amado a Dios por sobre todas las cosas, renunciando a los ídolos del poder del placer y del tener. Como los tesalonicenses, a los que dice San Pablo que han renunciado a los ídolos para volverse al Dios único y verdadero. Luego, sin que se lo hubieran preguntado, Jesús dice; el segundo mandamiento es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (cf. Lv 19,18). Ambos mandamientos, como aparecen en los textos citados, ya existían en la Ley de Moisés, pero Jesús los entresaca y los une como si fueran uno solo, en el que se resumen toda la Ley y los profetas, Nadie sino alguien con la sabiduría humana y divina de Jesús pudo haber dicho y hecho esa síntesis tan brillante.

El amor al prójimo, en el contexto de otros escritos de la Biblia, en especial de San Juan, viene siendo como la garantía de que sí amamos a Dios, pues este evangelista dice que nadie puede amar a Dios a quien no ve, si no ama a su prójimo, a quien sí ve. Y el mismo San Mateo dice en la parábola del juicio final que todo lo que hacemos al prójimo, especialmente al más débil, se lo hacemos a Cristo, cumpliéndose la profecía que vimos en el Éxodo respecto al pobre: “cuando él clame a mí, yo lo escucharé, porque soy misericordioso”. Obras son amores y no buenas razones. El amor a Dios debe expresarse en formas concretas como ir a Misa, rezar con devoción, instruirnos en la religión. El amor al prójimo igual: debemos hacer obras concretas, materiales y espirituales por el prójimo. Asistirlo en sus necesidades porque el amor concreto al prójimo es el distintivo de cristianos que al final de la vida nos dará el acceso al cielo. Manifestemos con hechos y no con palabras nuestro amor a Dios por sobre todas las cosas y nuestro amor al prójimo como a nosotros mismos.

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