DOMINGO XXXIII ORD.-A: EL SEÑOR PAGARÁ A CADA UNO SEGÚN SUS OBRAS


Por: Pbro. Lic. Roberto Luján Uranga

talentos

Casi al final del año litúrgico escuchamos en el libro de los Proverbios la alabanza de la mujer perfecta, que se distingue por hacendosa, caritativa y sobre todo porque es temerosa de Dios. No con un temor que se identifica con el miedo sino con un temor que se traduce en respeto a Dios y a sus mandamientos. San Pablo a los Tesalonicenses dice que el día del Señor llega de improviso, como un ladrón en la noche y que nuestra actitud debe ser la de una espera confiada y vigilante, mientras que el Evangelio nos trae la parábola de los talentos. Un hombre rico sale de viaje y deja a 3 siervos al cuidado de sus riquezas, les da 5 talentos, 2 talentos y 1 talento según la capacidad de cada uno. Dios es el dueño y nosotros los siervos, y tomos hemos recibido por lo menos un talento, que es algo así como un costal de monedas de plata, un tesoro.

Todos hemos recibido tesoros de Dios, por ejemplo los 5 talentos podrían ser nuestros 5 sentidos, hemos recibido tiempo, inteligencia, vida y salud. Y tal vez muchos regalos más. El que menos recibe, un talento, en realidad recibe un tesoro. El dueño se va, y deja a los siervos a cargo de su riqueza. Refleja la inmensa confianza que tiene Dios en el hombre y en particular en cada uno de nosotros que nos deja en libertad de administrar sus regalos en la capacidad de cada uno, pues Dios nunca pide nada más allá de nuestra capacidad, pues es un Dios justo que nos conoce y sabe lo que tenemos pues Él nos lo ha dado. También dice que se ausentó por un largo tiempo, señal de que da le suficiente tiempo para que cada quien haga trabajar sus talentos. Si Dios da un don, es para trabajarlo, en la caridad. Es para darse a los demás. Por eso después de un tiempo más que prudente, vuelve para pedir cuentas de la administración de sus bienes.

Hay que trabajarlos con diligencia, como la mujer hacendosa del libro de Proverbios, con una vigilancia actica y diligente como lo recomienda San Pablo, con generosidad de corazón como los dos primeros siervos que hicieron rendir sus talentos, cada uno según su capacidad, al 100%. Pero al siervo que no fue diligente sino perezoso y haragán, el dueño le reprocha por no haber hecho rendir su talento, por haberse encerrado en sí mismo y no haber hecho el más mínimo esfuerzo, como podría haber sido meterlo en el banco, en cuyo caso ni siquiera hubiera tenido que apurarse, sólo estar al pendiente de su cuenta. El siervo perezoso no sólo falla en su trabajo, sino que además, tiene una crítica injusta y subjetiva hacia su amo: “eres un señor que recoge donde no siembra”.

Una percepción falsa, pues no le está pidiendo frutos de algo que no ha sembrado sino rendimientos de un talento, de un tesoro, que se le confió. La percepción del empleado es incorrecta a la vez que injusta e intenta descargar su culpa en su señor, tal como a veces nos sentimos nosotros tentados de descargar en Dios nuestras culpas, y decimos: es que si Dios me hubiera dado más oportunidades, mejor presencia física, me hubiera hecho más inteligente, o pudiera hablar mejor, entonces yo pudiera haber hecho esto y lo otro; pero Dios me hizo corto. Falso, pues todos tenemos un tesoro que Dios nos ha dado, que hay que descubrir, valorar y poner a trabajar, aprendiendo a superar nuestro egoísmo y nuestras ganas de encerrarnos en nosotros mismos, proyectando nuestra frustración en Dios y en los hermanos. Le echamos la culpa a Dios, a los papás, a los hijos, a los hermanos, a los amigos/as, a los compañeros de escuela.

Concentramos nuestra energía en el rencor y el odio, en la frustración y el resentimiento y somos infelices, pero si encauzáramos esa energía a trabajar por los otros, a ser productivos, nuestra vida sería más feliz y menos llena de rencores. Cuando vemos personas que carecen de un miembro o varios, de brazos, piernas, vista, etc., y sin embargo se superan y llegan a logros mayúsculos en su vida y se convierten en ejemplo e inspiración para otros, debemos preguntarnos: y yo ¿qué hago con todo lo que Dios me ha dado? ¿Lo desperdicio, no lo valoro, me la paso quejándome de lo que no tengo? Cuidado, porque vendrá al dueño a pedirnos cuentas, en su momento, y al que haya trabajado y sido diligente, se le dará aún más, pues cuando Dios ve que rendimos frutos, nos vuelve a dar más y más, pero al que no rinde, hasta eso que tiene le será quitado, y se le dará a otro que sí rinda frutos. ¿Queremos ser diligentes o perezosos? Dios pone en nuestras manos los dones y busca que los trabajemos para darnos cada vez más, hasta llegar a la vida eterna.

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