DOMINGO I ADVIENTO-B: OJALÁ RASGARAS LOS CIELOS Y BAJARAS


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Por: Pbro. Lic. Roberto Luján Uranga

Hoy inicia el Adviento y un nuevo año litúrgico en el que escucharemos el evangelio de San Marcos. La primera lectura es del profeta del Adviento, Isaías. Es una oración de arrepentimiento y súplica del pueblo de Israel que interroga a Dios: ¿Por qué nos has dejado olvidar tus mandamientos y endurecer nuestro corazón? Es como si le preguntáramos a Dios por qué no nos castiga y la respuesta está en nosotros mismos: Dios nos ha dejado a merced de la dureza de nuestro corazón porque nosotros le hemos dado la espalda, no queremos saber de mandamientos ni órdenes, no queremos ir a Misa porque no se nos da la gana y por eso y otras desobediencias a la Ley de Dios, nuestro corazón se ha endurecido y hecho una piedra frente a los llamados de la gracia, y como Dios es libre y nos ha hecho libres, no violenta nuestras conciencias sino que con amor, paciencia, delicadeza y ternura nos va llevando a la conversión de nuestro corazón.

“Ojalá rasgaras los cielos y bajaras”… eso se podría decir que se cumplió en la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo que bajó del cielo para hacerse hombre y dignificar, casi podríamos decir “divinizar” nuestra carne mortal. Es lo que celebramos en el Adviento, la primera venida del Señor en la carne, para prepararnos dignamente a la segunda venida del Señor en su gloria. San Pablo dice a los Corintios que rebosan en carismas, y que da gracias a Dios por ello y que además Dios mismo los mantendrá irreprochables hasta el momento de su advenimiento, en la Parusía. Irreprochable significa que no se le puede reprochar, acusar, echar en cara ninguna falta.

Y eso es lo que queremos nosotros en nuestro juicio individual y en el Juicio Final: ser colocados a su derecha y que no se nos acuse de haber olvidado su santa alianza y los mandamientos del amor, que se concretizan en la caridad al prójimo, haciendo por él cosas sencillas pero valiosas; las obras corporales y espirituales de misericordia. Como dice el Papa Francisco en una de sus catequesis: ‘quien practica la misericordia no teme a la muerte’. Tantas frases y cartas y enseñanzas apócrifas que se le atribuyen al Santo Padre, pero ésta es cierta y de gran contenido. Si practicamos la misericordia no temeremos la muerte ni el juicio porque Cristo nos tomará a su derecha y ahí no nos alcanzará ningún mal. Finalmente el evangelio nos trae la advertencia de Jesús: “Estad alerta”, estar al pendiente, poner atención en lo que pasa en nuestro entorno, vigilar. Todo eso quiere decir estar alerta. Los expertos en seguridad nos dicen: ¿quiere evitar asaltos? Esté alerta. No paranoico, sino pendiente de lo que pasa a su alrededor, de las personas que lo rodean.

Lo mismo en la vida espiritual: hay que estar alertas, pendientes, en gracia, porque no sabemos el día ni la hora de la llegada del Señor, ya sea el día de nuestra muerte o el Día Final. Puede ser, como dice San Marcos, al canto del gallo, en la madrugada, al anochecer, o a la medianoche. Puede ser que la muerte nos sorprenda en la juventud, cuando todo parece indicar que viviremos largamente, o puede ser que muramos viejos, no lo sabemos. Por eso hay que estar siempre en guardia. Mucha gente vive como si fuera a vivir eternamente y nunca se le fueran a pedir cuentas. Incluso gente de edad avanzada, que se resiste a la gracia de Dios, a la confesión, a la conversión, a pesar de que a todas luces su muerte está cerca.

Cobremos ánimo y caminemos al encuentro del Señor, especialmente participando en estas Eucaristías dominicales: comulgando, si estamos en gracia, y si no, buscando la gracia purificadora de la confesión. Tendremos cuatro domingos de Adviento para preparar la Navidad y en lo posible evitemos las mal llamadas “posadas” que son solo “pachangas” donde la gente se emborracha y que es justo lo contrario a lo que Dios nos pide: ser sobrios y estar alertas, porque a la hora y el día que menos pensemos, vendrá el Señor. Así Él nos permita presentarnos irreprochables ante su presencia

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