Meditación del pobre que no entró en su celda interior


Me pesan, Señor, los años que ya se me han ido.

En las cuentas de mi rosario hay ya muchos Advientos y muchas Navidades, pero no me han dejado el alma sosegada, en paz.

Si enumero los años, veo multiplicadas mis debilidades.

Señor, me siento pobre en tus manos.

Si miro atrás, creo que se han perdido muchas flores en el jardín de mi vida.

Si pretendo avizorar el futuro, tengo en frente más nieblas que horizontes.

Para consolarme, me digo a veces , queriendo engañarme, que al cuerpo lo he cansado con trabajos, que he regado con sudor la tierra, que he alargado –con una flor- mi mano a otras manos más débiles que la mía.

Pero no me convenzo, Señor, tú lo sabes.

Porque si he transitado por muchos caminos, y si he fatigado mi cuerpo con pesada carga, he malgastado también innumerables dones, viviendo como hijo pródigo, irreflexivo y necio, lejos de la casa de mi Padre.

No he construido mi celda interior donde el Espíritu habla en medio del silencio, con palabras de Verdad; no he edificado sobre roca con piedras de virtudes que hacen al hombre intensamente solidario de los demás; no me he plantado como árbol de amor en la tierra fecunda de la humildad; no he subido del río del pecado al puente, que es Cristo, para abrazar sus pies clavados, para beber su sangre en el costado, para besar sus labios y fundirme en su amor.

Mi irreflexión, Señor, el vivir fuera de mí mismo, el no reconocer una y mil veces que no soy nada sin ti, me ha tenido, como a tantos mortales, en el portal de un Adviento que espera poco, en la celebración fugaz de una Navidad que no es anonadamiento, encarnación, y en el fluir de los acontecimientos cuyo mensaje no arraigó en mi interior.

Cambia, Señor, mi mente y mi corazón en este Adviento y Navidad.

Hazme reflexivo, buscador y discernidor de la verdad.

Ayúdanos, a mí y a otros muchos conmigo, a entrar con humildad, fortaleza y decisión, en la bodega de la sangre y de la cruz de Cristo que da Esperanza, alimenta el Amor y compromete en la Vida.

Cándido Ániz

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