Del nacimiento del Salvador (Fray Luis de Granada OP, Vida de Jesucristo, Ed. Rialp, Nebli, p. 39-48).


En aquel tiempo, dice el Evangelista, mandó el Emperador César Augusto que todas las gentes fuesen a sus tierras a escribirse y pagar cierto censo al Imperio Romano. Por cuya causa la Sacratísima Virgen caminó de Nazaret a Belén a cumplir este mandamiento, donde, acabado el tiempo de los nueve meses, parió su Unigénito Hijo, y, como dice el Evangelista, lo envolvió en pobres pañales y acostó en un pesebre, porque no tenía otro lugar en aquel mesón. Esta es la suma de este soberano misterio.

Salid, pues, ahora, hijas de Sión, dice la Esposa en los Cantares, y mirad al Rey Salomón con la corona que le coronó su Madre en el día de su desposorio y en el día de la alegría de su corazón. ¡Oh! almas religiosas y amadoras de Cristo, salid ahora de todos los cuidados y negocios del mundo, y, recogidos todos vuestros pensamientos y sentidos, poneos a contemplar al verdadero Salomón, pacificador de Cielos y tierra, no con la corona que le coronó su Padre cuando lo engendró eternamente y le comunicó la gloria de su Divinidad, sino con la que le coronó su Madre cuando le parió temporalmente y le vistió de nuestra humanidad. Venid a ver al Hijo de Dios, no en el seno del Padre, sino en los brazos de la Madre; no entre los coros de los Ángeles, sino entre unos viles animales; no asentado a la diestra de la Majestad en las alturas, sino reclinado en un pesebre de bestias; no tronando ni relampagueando en el cielo, sino llorando y temblando de frío en un establo. Venid a celebrar este día de su desposorio, donde sale ya del tálamo virginal desposado con la naturaleza humana con tan estrecho vínculo de matrimonio, que ni en vida ni en muerte se haya de desatar.

Este es el día de la alegría secreta de su corazón, cuando llorando exteriormente como niño, se alegraba interiormente por nuestro remedio como verdadero Redentor. Camina, pues, tú en espíritu en esta santa romería, y con una pureza y simplicidad de niño y con humilde y devoto corazón sigue estos pasos piadosos y sirve en lo que pudieres a estos santos peregrinos, y mira cómo en todo este camino unas veces hablan de Dios, otras van hablando con Dios; unas veces orando, y otras dulcemente platicando; y así, trocando los ejercicios, vencían el trabajo del caminar. Camina, pues, tú, hermano, con ellos, para que, siendo compañero del camino y del trabajo, lo seas después de la alegría y de la gloria del misterio. Considera luego la extrema pobreza y humildad que el Rey del Cielo escogió en este mundo para su nacimiento: pobre casa, pobre cuna, pobre Madre, pobre ajuar, y aderezo tan pobre, que la mayor parte de lo que allí sirvió no sólo fue pobrísimo y bajísimo, sino también, como dice San Bernardo, prestado, y prestado de bestias. Tal fue la posada que escogió el Criador del mundo, y tales los regalos y deleites que tuvo aquel sagrado parto.

¡Oh! Señor Dios nuestro, dice Cipriano, ¡cuán admirable es vuestro nombre en toda la tierra! Verdaderamente vos sois Dios obrador de maravillas. Ya no me maravillo de la figura del mundo, ni de la firmeza de la tierra, estando cercada de un cielo tan movible; no de la sucesión de los días ni de la mudanza de los tiempos, en los cuales unas cosas se secan, otras reverdecen, unas mueren y otras viven; de nada de esto me maravillo, sino maravíllome de ver a Dios en el vientre de una doncella; maravíllome de ver al Todopoderoso en la cuna; maravíllome de ver cómo a la Palabra de Dios se pudo pegar carne, y cómo, siendo Dios sustancia espiritual, recibió vestidura corporal. Maravíllome de tantas expensas y de tan largo proceso y de tan grandes espacios como se gastaron en esta obra. En más breve tiempo se pudiera concluir este negocio, y con una palabra de Cristo se pudiera redimir el mundo, pues con una se crió. Más bien parece cuánto más noble criatura es el hombre racional que este mundo corporal, pues tanto más se hizo para su remedio. En los otros misterios todavía hallo salida; mas en éste la grandeza del espanto roba todos mis sentidos, y como el Profeta me hace exclamar: «Señor, oí tus palabras, y temí; consideré tus obras, y quedé pasmado.» Con mucha razón por cierto os espantáis, Profeta; porque ¿qué cosas más para espantar que la que aquí en tan pocas palabras nos refiere el Evangelista diciendo: «Parió su Unigénito Hijo, y envolvióle en unos pobres pañales, y acostóle en un pesebre, porque no tenía otro lugar en aquel establo.»

¡Oh misterio de grande veneración! ¡Oh cosa no para decirse, sino para sentirse; no para explicarse con palabras, sino con silencio y admiración! ¿Qué cosa más admirable que ver aquel Señor a quien alaban las estrellas de la mañana, aquel que está asentado sobre los Querubines, que vuela sobre las plumas de los vientos, que tiene colgada de tres dedos la redondez de la tierra, cuya silla es el Cielo, y cuyo estrado real es la tierra; que haya querido venir a tan grande extremo de pobreza, que cuando naciese (ya que quiso nacer en este mundo) le pusiese su Madre en un pesebre, por no tener otro lugar en aquel establo? ¿Qué persona tan baja llegó jamás a tal extremo de pobreza, que por falta de otro mejor abrigo viniese a reclinar a su hijo en un pesebre? ¿Quién juntó en uno dos extremos tan distantes como son Dios y pesebre? ¿Qué cosa más baja que pesebre, que es lugar de bestias? ¿Y qué cosa más alta que Dios, que está asentado sobre los Querubines? Pues ¿cómo el hombre no sale de sí considerando estos dos extremos tan distantes: Dios en un establo, Dios en un pesebre, Dios llorando y temblando de frío y envuelto en pañales?

¡Oh Rey de gloria! ¡Oh espejo de inocencia! ¿Qué a Ti con estos cuidados? ¿Qué a Ti con lágrimas? ¿Qué a Ti con el frío y desnudez y con el tributo y castigo de nuestros pecados? ¡Oh caridad! ¡Oh piedad! ¡Oh misericordia incomprehensible de nuestro Dios! ¿Qué haré, Dios mío? ¿Qué gracias te daré? ¿Con qué responderé a tantas misericordias? ¿Con qué humildad responderé a esta humildad? ¿Con qué amor a este amor? ¿Y con qué agradecimiento a este tan grande beneficio? Véome por todas partes cercado de tantas obligaciones, véome como anegado debajo las olas de tantos beneficios, y no veo de qué manera pueda salir de tan grande cargo. Antes se me figuraba que merecía mil infiernos el que te ofendía; mas ahora, después de tan grandes y tan nuevos títulos, ya no hay pena que baste para castigo del que no te ama. Bendito seas para siempre, Dios mío, que con tales cadenas me prendiste, y tales pesas echaste a mi corazón para llevarlo a Ti, y con tales beneficios y misterios quisiste encenderme en tu amor, y confiarme en tu esperanza, y aficionarme al trabajo, a la pobreza, a la humildad, al menosprecio del mundo y al amor de la Cruz.

Mas desviemos ahora un poco los ojos de este santo pesebre y pongámonos en el tesoro que está en él; dejemos el panal de cera y trabajemos por gustar la miel que en él está encerrada. Considera, pues, la inefable suavidad y misericordia del Salvador, que señaladamente resplandece en esta edad y ternura de miembros y en esta figura de niño que por defuera parece. Está Dios, dice un Santo, colgado de los pechos de una doncella; está liado con fajas, y, sueltas las lías, extiende sus dichosos pies y manos por aquella estrecha cama. Sonríese como niño a la Madre; halágala con el rostro y vuelve sus alegres ojos a mirarla. Y, verdaderamente, como Él sea un piélago de suavidad, más suave lo hace aquí la ternura de sus miembros. Esta dulcedumbre es incomparable, y esta piedad inefable, que vea yo al Dios que me crió a mí, hecho niño por amor de mí, y aquel de quien antes se decía: «Grande es Dios, y muy loable», ahora se diga de Él: «Chico es Dios,y muy amable.»

Mirando así el Hijo, pongamos luego los ojos en la Madre, que no es la menor parte de este misterio. Considera, pues, la alegría, la devoción, las lágrimas y la diligencia de esta Señora, y mira cuán perfectamente ejercitó aquí ambos oficios de Marta y de María. Mira con cuánta solicitud y diligencia sirve en todo lo que pertenece a este Niño, pues ella toma al Niño en sus brazos, envuélvelo, desenvuélvelo, apriétalo, abrázalo, adóralo, bésalo y dale la teta. Todo este negocio está lleno de gozo, porque ningún dolor ni injuria hubo en aquel sagrado parto. Ni había allí, dice Cipriano, «necesidad de baños ni lavatorios que se suelen aparejar a las paridas, porque ninguna injuria había recibido la Madre del Salvador, la cual parió sin dolor, así como había concebido sin deleite. El fruto ya maduro y con sazón se cayó del árbol que lo traía, y no había necesidad de arrancar con fuerza lo que de su voluntad se nos ofrecía.

Ningún tributo se pagó en este parto: ni el deleite precedente, que no hubo, pidió alguna usura de dolor. Y por esto no convenía que la que era inocente fuese afligida de balde, ni consentía la divina justicia que aquel armario del Espíritu Santo fuese agraviado con las injurias de las otras mujeres, pues en sola la naturaleza comunicaba con ellas, no en la culpa. Los aderezos de casa que allí faltaban, aunque los hubiera, no hubiera ojos que los miraran, porque la presencia del Niño así tenía ocupados los ojos de José y de quienquiera que allí estuviese, que en sólo Él parecía estar la suma de todos los bienes, y no había necesidad de mendigar por partes lo que en sí sola representaba aquella omnipotente niñez. Mas no es de creer que allí faltase el servicio de los Ángeles, ni tampoco la presencia del Espíritu Santo que en la Virgen sobrevino. Allí estaba, allí poseía su palacio, allí adornaba el Templo que para sí había dedicado, y guardaba su Sagrario, y honraba aquel tálamo virginal, y alegraba con inestimables consolaciones aquella alma bendita, y ojeaba de ellas las injurias de todos los peregrinos pensamientos, de manera que la ley de la carne no contradecía a la del espíritu, ni alguna manera de repugnancia turbaba la paz y reposo de su corazón.

El Niño, mamando en los brazos de su Madre, gozaba de aquella leche proveída del Cielo, y la fuente del sagrado pecho infundía en la boca del Niño purísimo licor.» Hasta aquí son palabras de Cipriano. Después de todo esto puedes también levantar los ojos a considerar, por una parte, el cantar de los Ángeles, y, por otra, la adoración de los pastores, alabando al común Señor con los unos, y adorándole con los otros. Porque si los Ángeles con un tan grande concurso y devoción alaban al Señor y le dan gracias por esta Redención que vino del Cielo, no siendo ellos redimidos, ¿qué deben hacer los redimidos? Si aquéllos así dan gracias por la gracia y misericordia ajena, ¿qué debe hacer el que fue redimido y reparado por ella?

(Imagen: “Señora con el Niño, Santo Domingo y Santa Catalina de Alejandria”, Fra Angelico, Pinacoteca Vaticana).

Traditio Spiritualis Sacri Ordinis Praedicatorum

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